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Una refugiada afgana de 19 años se asoma por la puerta de su habitación en la prisión De Koepel, en Haarlem, Holanda.
 
 
Una refugiada afgana de 19 años se asoma por la puerta de su habitación en la prisión De Koepel, en Haarlem, Holanda.
Foto: Muhammed Muheisen, AP
 
 

Prisiones vacías de Holanda se vuelven hogar de refugiados

Autor: Melody Rowell Fecha: 2016-06-09

En una interesante versión de reutilizar y reciclar, una agencia gubernamental de Holanda está abriendo prisiones desocupadas para dar cabida a la afluencia de migrantes que buscan asilo.

La tasa de criminalidad y la población carcelaria del país han declinado de manera constante desde hace años, ocasionando la clausura de docenas de instalaciones correccionales. Por ello, cuando las cifras de migrantes comenzaron a escalar –más de 50,000 ingresaron en Holanda, solo el año pasado-, la Agencia Central para la Recepción de Solicitantes de Asilo (COA) encontró una solución para albergarlos.

El migrante iraní Reda Ehsan, de 25 años, yace sobre una mesa en el patio de De Koepel.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

Muhammed Muheisen, fotógrafo principal de Associated Press en Medio Oriente, reconocido en dos ocasiones con el Premio Pulitzer, ha dedicado los últimos años a retratar la crisis de refugiados que se desplazan por los continentes. “La pregunta que siempre he tenido en la cabeza es, ¿Qué sucede después?" dice. "El viaje no termina cuando entran en un país”.

El refugiado yazidí, Yassir Hajji, era barbero en Irak. Y ahora, en su habitación de la prisión De Koepel, practica arreglando las cejas de su esposa, Gerbia.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

El otoño pasado, Muheisen escuchó rumores sobre la reutilización de penitenciarías. “No entendía cómo era aquello" confiesa. "Pensé que se sentirían como en la cárcel”.

 

El migrante argelino, Mohammed Ben Salem (izq) y el libio Amine Oshi fuman en el patio de la prisión De Koepel.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

Demoró seis meses en obtener el permiso para hacer fotos dentro de una prisión. Y finalmente, Muheisen pasó 40 días visitando tres instalaciones, donde conoció a los residentes y fotografió cómo eran sus vidas.

“Encontré personas de docenas de nacionalidades –informa-. Docenas. El mundo entero bajo un mismo techo”.

Los refugiados –quienes viven en esos centros al menos seis meses, aguardando a que les otorguen la condición de asilados- tienen libertad de ir y venir como les plazca. Y Muheisen dice que algunos han trabado amistad con sus vecinos holandeses.

Un migrante marroquí homosexual, quien desea permanecer anónimo, posa en su habitación en una prisión.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

Aunque los refugiados no pueden trabajar, practican el idioma holandés y aprenden a montar en bicicleta (dos destrezas fundamentales para la vida en ese país). Mas el hecho de que deban hacerlo dentro de una prisión no perturba a la mayoría de los residentes. Muheisen dice que al preguntarles qué opinaban del alojamiento temporal, la respuesta típica fue, “Aquí tenemos un techo, un refugio, y nos sentimos seguros”.

Un sirio dijo a Muheisen que vivir en una prisión le hacía abrigar esperanzas por su futuro. “Si un país no tiene prisioneros para meterlos en la cárcel –comentó-, significa que es el país más seguro donde puedo vivir”.

El refugiado afgano Siratullah Hayatullah, de 23 años, lava su ropa en la lavandería de la prisión.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

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Un refugiado afgano y su hijo miran por una ventana de una prisión clausurada, en el noroeste de Holanda.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

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Fuera de la antigua prisión de Westlingena, un migrante juega con una niña.

Foto: Muhammed Muheisen, AP

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