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Un mundo de coral

Entre Recife y Maceió, en el nordeste de Brasil está la única barrera de corales del Atlántico Sur.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-10-26     AUTOR: Silvina Pini

Brasil cuenta con ocho mil kilómetros de litoral, lo que lo convierte en la costa tropical más grande del mundo. Bahías, restingas y playas, unas más lindas que otras, vuelven difícil la elección a la hora de decidirse por una. En el nordeste, frente a las costas de los estados de Pernambuco y Alagoas, una barrera de 135 kilómetros de arrecifes de coral a tan sólo seis kilómetros de playa, son un motivo para elegirlo como destino. Se trata de una de las costas de coral más grandes del mundo con la ventaja que aquí todavía no ha llegado el aluvión turístico.

Un buen plan es llegar a Recife, capital de Pernambuco, y tomar el vuelo de regreso desde Maceió, capital de Alagoas, o al revés. Además de pasar un par de días en estas dos grandes ciudades, vale la pena recorrer con tiempo los 265 kilómetros de una a otra, donde se suceden pueblos y playitas para todos los gustos, entre ellos los dos polos turísticos, Porto de Galinhas y Maragogi, de donde parten las jangadas y catamaranes a las piscinas naturales.

Recife, una ciudad con un millón y medio de habitantes, fue fundada en 1537. Está atravesada por varios ríos y puentes por lo que la llaman la "Venecia de Brasil". Además de sus playas concurridas, son muy atractivos su centro histórico y la Casa da Cultura, una antigua cárcel del siglo XIX donde, en sus celdas intactas, hoy funciona una mercado de artesanías. Muchos puestos están en manos de bordadoras de puntilla y de macramé en hilos de colores.

A menos de una hora está Porto de Galinhas, una de las playas más visitadas del nordeste. Su nombre alude a los esclavos. Cuando la esclavitud fue abolida, los esclavos siguieron llegando a este puerto de contrabando. Los piratas decían traer un cargamento de "gallinas".

Hoy las gallinas están multiplicadas en artesanías y suvenires: llaveros, muñecos, imanes, manteles, bandejas, y hasta en gallinas gigantes en la puerta de muchas tiendas. Se trata de una playa alegre y concurrida, llena de bares donde tomar agua de coco, tragos súper decorados y comer una langosta a la plancha recién sacada del agua.

En Porto, como le dicen, hay decenas de jangadas en la orilla que se contratan allí mismo para hacer unos metros hasta las piscinas. El agua es verde turquesa, transparente y llena de peces que se ven desde la jangada o esnorqueleando. Otra opción es caminar en el agua con algún calzado acuático para no lastimarse los pies.

Muy cerca está Muro Alto. Como su nombre anticipa, desde la orilla se ve un muro de roca paralelo a la orilla, a 50 metros, lo que forma una piscina más o menos profunda según la marea. Cuando sube, la ola rompe contra el muro y salpica. Se puede nadar hasta allí, treparse al muro, caminar por arriba y ver escondidos erizos, cangrejos, caracoles y otros tesoros del mar.

En Muro Alto están los resorts románticos y más sofisticados. Maracaípe es otra playa, sin muro y con buenas olas para surfear. Está considerada una de las mejores playas de Brasil para practicar este deporte. A la noche, las tablas se guardan y empieza el relax de los bares, con cerveza, caipirinha y música en vivo.

Hacia el Sur hay otra que está siendo descubierta poco a poco: Carneiros, ubicada en el quinto puesto del ránking de las playas más lindas de Brasil, según la guía de viajes Quatro Rodas 2010. Carneiros es una postal: cocoteros verdes, arenas blancas, mar azul y playas desiertas porque toda la tierra pertenece a una misma familia.

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