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Washington no solo se visita en primavera

Esta ciudad "gubernamental", de trazo limpio y diseño impecable es casi un museo en sí misma

FECHA DE PUBLICACIÓN:2012-11-26     AUTOR: Claudia Muzzi

El mejor comienzo para conocer Washington, D.C. cuando se cuenta con poco tiempo es un hotel en una ubicación estratégica, como el mío, cercano a Scott Circle, a siete cuadras de la Casa Blanca.

El trayecto, desde el aeropuerto Dulles, de 32 kilómetros, se recorre por una autopista muy transitada flanqueada de bosques.

Después de cruzar el río Potomack se entra al centro de la ciudad. Me sorprende el trazo limpio y la relativa horizontalidad urbanística: una ley de 1910 estableció que la altura máxima de las construcciones en la capital estadounidense no debe sobrepasar los 49 metros o el ancho de la calle adyacente.

Mi hotel, el Helix, está en Rhode Island Avenue, una calle tranquila y arbolada. Tras registrarme, consigo un mapa y elaboro el trazo aproximado del recorrido que haré en mi primer día.

Salgo entonces y camino en diagonal hacia el suroeste hasta topar con M Street por la que me enfilo hacia el oeste, en dirección a Georgetown, barrio histórico fundado en el siglo XVIII, en donde está la universidad homónima, y que hoy es uno de los más bulliciosos y con mayor oferta que va desde shopping en tienditas alternativas hasta marcas bien establecidas, restaurantes étnicos, tiendas gourmet surtidas hasta lo más barroco de la imaginación, actividad cultural y nocturna, y en el que se encuentran las embajadas de varios países.

Al llegar al puente que cruza el Rock Creek, un tributario del río Potomack, me doy cuenta de cómo el bosque que circunda la ciudad empuja exitosamente para ganarle terreno al asfalto.

Esa es una de las características más llamativas: cómo la vegetación se cuela por cualquier resquicio disponible. Creo que los washingtonianos han aprendido a dejar que la naturaleza siga su curso; me atrevo a afirmar que no hay mucha gente que disfrute más su ciudad que ellos.

Se nota en cómo la pasean, en cómo llevan en la mano una bolsa con los zapatos de vestir mientras calzan tenis para caminar a gusto; se nota en la cantidad de bicicletas (Capital Bikeshare con más de 1,300 unidades y 150 estaciones en la ciudad); en cómo toman las calles para trotar o pasear a sus niños en las carriolas.

Hay un orgullo muy consciente en sus habitantes. Era sábado a mediodía cuando llegué a Georgetown y las calles y los locales estaban a reventar. Un sitio especializado en cupcakes desplegaba una fila de consumidores impacientes que salía a la calle y se alargaba por un par de decenas de metros.

Pese a que me gustaría entrar en muchas tiendas, me resisto y vuelvo sin detenerme hacia Dupont Circle, una rotonda importante en cuestiones históricas, comerciales y de distribución de tráfico.

Ahí entro, sin poderlo evitar, en Kramerbooks & Afterwords Cafe, una librería independiente y cafetería que me resguarda de un repentino aguacero. Con la compra de los libros me regalan un separador que me invita a leer a los autores locales (de nuevo, el amor por la ciudad).

Una vez que pasa la lluvia, unas cuadras más al sur, me topo con otra sorpresa no buscada: la Second Story Books en la que encuentro así, a vuelo de pájaro, libros y cedés cuya suma, de haberlos comprado, sería estratosférica. Al salir, recorro la muy famosa Connecticut Avenue y de nuevo me quedo con las ganas de entrar en miles de tiendas.

Pero, la verdad sea dicha, es que los comercios pasan a un segundo plano conforme camino. La arquitectura es lo que más detiene mi atención: podríamos decir que la mezcla de estilos es la constante (rowhouses típicas, art decó, construcciones italianizantes y, obviamente, el estilo federal), aunque en ningún momento me parece parchada.

Hay una armonía que se conserva siempre a la que contribuye la deslumbrante cantidad de árboles y arbustos de la ciudad. Desafortunadamente me perdí los celebérrimos cerezos en flor en la Cuenca Tidal.

Cada año se lleva a cabo el National Cherry Blossom Festival que conmemora el regalo de 3000 cerezos por parte de un alcalde tokiota en 1912.

Para rematar mi primer día y siguiendo los consejos de gente local (te lo cuentan como si fuera un secreto que no han de decirle a nadie), me enfilo de vuelta hacia el norte por la calle 14 hasta que, en su esquina con V Avenue encuentro Eatonville, un restaurante de comida sureña.

Si fuera sólo por los camarones creole que comí, habría valido la pena la visita, pero el lugar es en verdad encantador y se encuentra en lo que se conoce como el U Street Corridor, un barrio victoriano que, durante los años veinte del siglo XX, se llamaba Harlem y era hogar de la comunidad afroamericana urbana más grande del país.

Hoy en él encuentras restaurantes, galerías de arte y una vida nocturna muy activa (tanto en bares como en sitios para escuchar música: este ha sido históricamente el centro de la escena musical washingtoniana).

El segundo día tenía una agenda rígida. El objetivo a cumplir era la visita de tres museos smithsonianos, por lo menos. Era tan ambicioso que me dio ternura mi ingenuidad, pero eso no me detuvo. Me desperté muy temprano y me hice hacia el sur por la calle 16.

Rodeo la Casa Blanca y de pronto me doy cuenta de que pocas veces en mi vida he tenido la certeza de estar en un sitio tan seguro. Por cuestiones de discriminación práctica, he decidido no visitarla, así como tampoco el capitolio ni ninguno de los monumentos memoriales que suelen ser el primer referente en el imaginario sobre esta ciudad.

Sin embargo, no puedo dejar de aprehender esa otra arquitectura washingtoniana, la que surge de la combinación de una influencia neoclásica y de las técnicas nuevas de principios del XX cuyas dimensiones fueron posibles gracias a las oleadas de inmigrantes que se dedicaron a trabajar en la construcción.

Al bordear el Federal Triangle, ocupado por edificios gubernamentales impenetrables, llaman de inmediato a la mente no sólo el Imperio Romano sino la voluntad de dejar en claro la inscripción que tiene un país en la historia, cómo se piensa a sí mismo ?castrense, de buen gusto, ejemplar?.

A decir de algunas fuentes, su inspiración fue el Louvre y el City Beautiful Movement, una corriente que a principios del siglo pasado pretendía no sólo hacer más bellas las urbes, sino crear una moral y una virtud cívica en los ciudadanos.

Con estas ideas y el obelisco de espaldas, me enfrento con el National Mall, esa explanada interminable a la que rodean los museos smithsonianos. Como no he decidido cuáles visitaré, entro primero en el Smithsonian Castle, que alberga el centro para visitantes, las oficinas administrativas y una exhibición-resumen de las colecciones.

Quizá por contigu?idad, decido que mi primera visita será al Hirshhorn, dedicado al arte contemporáneo y moderno. Al terminar, me paso al Nacional del Aire y el Espacio.

Hago una pausa en un quiosco en Mall para comer un bagel con queso-crema mientras veo los cuervos que han aprendido a hurgar entre los restos que dejamos los visitantes.

Estoy en una suerte de trance voraz y, apenas doy el último bocado, atravieso el parque para entrar en la Galería Nacional de Arte. Es inmensa y no sé qué descartar o por dónde empezar.

Intento seguir a una guía ?gracias a la cual entro en una sala cerrada al público en general? pero poco después la abandono presa de la ansiedad porque sé que no tendré el tiempo suficiente. No me ayudan los folletos que sugieren las paradas imprescindibles.

Veo el retrato de Leonardo, me enamoro del Street in Venice, de John Singer Sargent, y me las arreglo para visitar también las exposiciones temporales. Con poco aliento y entusiasmada como pocas veces hago mi entrada final en el Museo de Historia Natural, del que casi me echan al cabo de una visita frenética porque ha llegado la hora de cerrar.

Vuelvo famélica a las inmediaciones de mi hotel y entro en un restaurante marroquí a cenar. Cumplí mi cometido y visité los museos que me había propuesto. Sin duda no fueron las mejores condiciones. Cualquier especialista se horrorizaría.

Pero en ese momento siento que fue la mejor elección, el resumen perfecto que logró dimensionar y cuajar la idea de la ciudad que me había esbozado a partir de sus habitantes, sus dinámicas urbanas y su arquitectura.

Me quedan las muchas omisiones para una visita futura a la que llegaré con una agenda mucho más concreta, pero con la misma disposición a abandonarla por un desvío peatonal o un encuentro fortuito, de esos que nos gusta pensar que no fueron buscados.

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