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Originalmente falsificado
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¿Viajarás este mes a Estados Unidos?
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Atínale al precio
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El mejor viaje que no pudo ser
La invasión de baratijas nos obliga a buscar la autenticidad.
Desde hace tiempo, cuando hablo de mi "ex" me refiero a una aussie (australiana) magnífica a quien un día fui a visitar a su tierra. Me recibió con una "Aussie kit", caja que incluía mapas, un librito de modismos australianos, bolígrafos con forma de canguro, koalas de peluche y, ¡Un búmeran! ¡Primera vez que tenía uno en mis manos! De inmediato lo probé, pero por más que lo lanzaba, no lograba hacerlo regresar. Ni siquiera llegar muy lejos.
Por error, lo arrojé hacia un pájaro y me asusté. Sin mover ni la cola, el ave de plumaje rosa y azul observó el objeto dar un giro extraño y pasar a unos centímetros de mi ex, a quien sólo entonces se le quitó la risa. Era mi falta de habilidad, dijo en tono un poco alto. Al rato reconoció que tal vez ni un experimentado aborigen australiano podría haberlo hecho funcionar. "Ni siquiera se hubiera molestado en arrojarlo", aseguró.
La explicación estaba en la parte posterior del búmeran: "Made in China", decía. Era una imitación barata. Como los ositos, los bolicanguros, los planos y hasta el libro de australianismos: el típico "gud'day mate" se había convertido en "gedey mete" en su versión cantonesa.
La verdad, nunca me ha angustiado saber que a Microsoft y a Dior las piratean. Siento otra cosa cuando recorro países donde encuentro que las artesanías locales han sido reemplazadas por baratijas. En el mercado de Jan el Jalili, en El Cairo, me impresionó ver lo bien que los malpagados trabajadores del seudocomunismo chino replican la caligrafía árabe y los versos del profeta Mahoma sobre papiros del río Yang Tse.
En la medina de Marrakesh, un artista me explicó que sus pinturas eran obras propias. En Venecia me ofrecieron cristales "de Murano" originalmente pagados en yuanes renminbi, y góndolas de plástico marcadas con ideogramas orientales. Incluso en México, una estadounidense compró muebles para redecorar su casa en Los Ángeles ya tarde descubrió que le hubiera resultado más baratos importarlos directamente de Hong Kong.
Es cierto que vivimos en una época en la que experimentamos un proceso de homogeneización. La industria cultural estadounidense ha exportado con éxito el estilo gangsta creado en callejones californianos por jóvenes negros y latinos: la moda llega a personas de prácticamente todo el planeta, desde el monte Fujiyama hasta el Kilimanyaro y el Aconcagua, y desde el Mar Muerto hasta el desierto de Atacama y el Kalajari namibio.
Lo que he podido constatar es que se trata de un proceso hasta cierta medida superficial, bajo el cual subsisten con buena salud las energías y las actitudes que a lo largo de milenios crearon las identidades locales.
Me parece que a veces se subestima la fuerza de las distintas culturas.
No he visto una asimilación resignada de lo que se recibe, sino una toma selectiva de influencias y una reinterpretación libre de las mismas: no nos convertimos en raperos simplones y miméticos, sino en raperos Bollywood, raperos rancheros, raperos tuaregs y raperos islámicos.
O incorporamos elementos que enriquecen los ritmos locales y otras expresiones de lo que siempre hemos hecho, y que tiene que cambiar: es falso que exista pureza en la cultura, su naturaleza es mezclarse, y recrear además de crear, no debe ser estática, ni podría. Lo que ocurre con las imitaciones baratas es otra cosa: no es una representación, sino una suplantación con objetos de producción masiva, carentes de calidad y significado.
Hay una parte positiva en ello: como en otros aspectos de los viajes, si queremos autenticidad en las artesanías que adquirimos estamos obligados a acercarnos a las personas comunes que las fabrican (y ayudar con nuestra compra a que subsistan junto con sus oficios, porque seres humanos como el pintor de Marrakesh son las principales víctimas de esta ola de baratijas) y conocer, en general, los sitios que visitamos de una manera que no permiten los viajes organizados.
Las copias nunca superarán al original, si queremos contribuir a la permanenecia de las artesanías y culturas locales, estamos obligados a comprar estos objetos a quienes verdaderamente los hacen, es nuestra mejor contribución.
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