Los hadza

Por Michael Finkel

Tengo hambre, anuncia Onwas junto a la hoguera. Los hombres que lo acompañan murmuran en conformidad. Es noche cerrada en el corazón de la selva de África oriental.

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"Tengo hambre", anuncia Onwas junto a la hoguera. Los hombres que lo acompañan murmuran en conformidad. Es noche cerrada en el corazón de la selva de África oriental. Un canto rítmico se escucha desde el campamento de las mujeres. Onwas menciona un árbol que encontró durante su recorrido diurno y los hombres cierran el círculo alrededor de la fogata.

Se encuentra en un lugar difícil, explica Onwas, en lo alto de una colina empinada que se alza en la llanura herbosa. Sin embargo, prosigue extendiendo los brazos cual ramas, el árbol está repleto de papiones. La información arranca nuevos murmullos; las ascuas se elevan hacia el cielo estrellado. Están de acuerdo. Todos se levantan y toman sus arcos para cazar.

Aunque esbelto y musculoso, Onwas es un hombre bastante mayor, tal vez sexagenario; pero los años no son unidades de tiempo para los hadza. Su estatura es de alrededor de 1.5 metros; en brazos y pecho lleva las marcas de una vida transcurrida en la espesura: cicatrices de caza, de mordeduras de serpiente, escorpiones y espinas flechas, cuchillos.

Cicatrices de caídas de los baobabs; huellas de ataques de leopardos; apenas conserva la mitad de sus dientes. Calza sandalias con suela de neumático y lleva pantalones cortos raídos. De su cintura pende un cuchillo de caza enfundado en piel de dik-dik y, como casi todos los hombres que le acompañan, se ha quitado la camisa para fundirse con la oscuridad.

Onwas se vuelve entonces a mirarme y habla en hadza, lengua que, para mí, tiene un extraño sonido bipolar: por momentos cantarina y suave y luego discordante y percusiva, con chasquidos de lengua y restallidos glóticos. Una lengua que no guarda relación con las hoy existentes: en términos lingüísticos, es una lengua aislada.

He llegado al hogar de los hadza, en el norte de Tanzania, con una intérprete hadza llamada Mariamu. Es sobrina de Onwas. Asistió a la escuela durante 11 años y es una de un puñado de personas en todo el mundo que sabe hablar tanto inglés como hadza. Traduce las palabras de Onwas: "¿Quiero acompañarlos?".

No fue fácil llegar a ese campamento tradicional, pues los años no son la única unidad de tiempo que los hadza pasan por alto; también desconocen las horas, los días, las semanas y los meses. El hadza no contempla palabras para números superiores a tres o cuatro, de modo que organizar una cita puede resultar complicado.

Pero me había puesto en contacto con el propietario de un campamento turístico próximo al territorio hadza, para averiguar si era posible pasar algún tiempo con uno de los aislados grupos tribales. Y así, mientras realizaba un viaje de campamento por la selva, el propietario se topó con Onwas y le preguntó, en swahili, si autorizaba mi visita.

Los hadza son un pueblo gregario, por lo que aceptó de buena gana diciendo que yo sería el primer extranjero que viviría en su campamento. Prometió enviar a su hijo hasta un árbol específico a orillas de la selva para reunirse conmigo en la fecha programada, tres semanas más tarde. Al cabo del lapso acordado, Ngaola, el hijo de Onwas, ya estaba esperando cuando llegué con mi intérprete en una Land Rover.

Al parecer, su padre había observado las fases lunares y, cuando le pareció que había transcurrido el tiempo necesario, ordenó al joven que fuera al árbol. Al preguntarle si tuvo que aguardar mucho, Ngaola respondió: "No, sólo unos días". Resultó evidente que, al inicio, mi presencia incomodaba a los miembros del campamento, unas dos docenas de hadza. No me quitaban la vista de encima y algunos reían nerviosamente.

Llevaba conmigo un álbum fotográfico y, cuando lo hice circular, se disipó el malestar general. Onwas manifestó gran interés en una foto de mi gato. "¿A qué sabe?", inquirió. Pero fue otra la que les llamó la atención. Me habían retratado durante el chapuzón de osos polares de Año Nuevo, en el momento en que saltaba a un agujero abierto en un lago congelado.

Los cazadores hadza pueden parecer temerarios; pero la idea del clima invernal lo horrorizó y echó a correr con la imagen diciendo a todos que yo era un hombre valiente, lo cual contribuyó en gran medida a mi aceptación. Onwas concluyó que si un hombre era capaz de saltar al agua helada, no tendría la menor dificultad para enfrentar a un papión salvaje y, por eso, la tercera noche de mi estancia me pregunta si quiero ir de cacería con ellos.

Acepto. Sin quitarme la camisa, porque es difícil disimular el color de mi piel en la noche, me formo junto con otros 10 cazadores y dos jóvenes
y salimos del campamento siguiendo a Onwas. Caminar por territorio hadza en la oscuridad es un reto; el terreno está sembrado de arbustos y acacias espinosas e incluso de día es imposible evitar puntazos, arañazos y pinchazos.

Un largo viaje por la selva hadza es como tatuarse el cuerpo poco a poco. Los hadza pasan buena parte del tiempo libre quitándose mutuamente las espinas con las puntas de sus cuchillos. De noche, las púas son prácticamente invisibles y es casi imposible distinguir rastro alguno.

No hay senderos y son pocos los referentes geográficos, de manera que, para caminar confiadamente en la selva, a oscuras y sin linterna, es necesario haber desarrollado la familiaridad que se tiene, por ejemplo, con el propio dormitorio. El problema es que este es de 2,500 kilómetros cuadrados, plagado de leones, leopardos y hienas que merodean entre las sombras.

Con todo, el trayecto no representa problema para Onwas, quien ha pasado toda su vida en la espesura. En escasos 30 segundos puede encender una fogata frotando ramas; puede conversar a silbidos con un indicador de Wahlberg y dirigirse directamente a una colmena abundante. Sabe todo lo que hay que saber de la selva, pero casi nada de lo que hay fuera de ella.

Cierta vez le mostré a Onwas un mapamundi; lo extendí en el suelo y fijé las esquinas con piedras. Una multitud nos rodeó mientras él miraba fijamente la carta geográfica. Señalé el continente africano, después la nación de Tanzania y, luego, la región donde él vivía. A continuación le indiqué Estados Unidos.

Le pregunté qué sabía de mi país, si conocía el nombre del presidente o de la ciudad capital. Respondió que no; ni siquiera conocía el nombre del dirigente de su nación. Con toda la cortesía posible, pregunté entonces si sabía algo de algún otro país. Hizo una breve pausa, absorto en sus pensamientos y, de pronto, exclamó: "¡Londres!". Pero no sabía exactamente qué era, sólo que se trataba de un lugar que no estaba en la selva.

Alrededor de 1,000 individuos habitan el territorio hadza tradicional, extensa llanura protegida por las murallas del Gran Valle del Rift, incluido el somero y salobre lago Eyasi. Algunos han emigrado a poblaciones vecinas para emplearse como trabajadores agrícolas o guías turísticos, pero casi una cuarta parte de esta etnia, contando a los miembros del campamento de Onwas, lleva la vida de los auténticos cazadores-recolectores.

No producen cultivos ni crían ganado, tampoco construyen viviendas permanentes; viven justo al sur de la sección del valle donde se han encontrado los fósiles de humanos primitivos más antiguos del mundo. De hecho, estudios genéticos sugieren que los hadza podrían representar una de las raíces primarias del árbol genealógico del hombre, posiblemente de más de 100,000 años de antigüedad.

El enorme interés antropológico en esta etnia estriba en que los hadza permiten vislumbrar cómo pudo ser la vida hace 10,000 años, antes del advenimiento de la agricultura. Pero los antropólogos no se atreven a calificar de manera abierta a los cazadores-recolectores contemporáneos como "fósiles vivientes", explica Frank Marlowe, profesor de antropología de la Universidad Estatal de Florida, quien ha invertido sus últimos 15 años en el estudio de este pueblo.

Aunque el tiempo no se ha detenido para ellos, y a pesar de su prolongado contacto con los grupos agrícolas vecinos, los hadza conservan la tradición de merodear para hallar sustento. De tal suerte, en opinión de Marlowe, es posible que sus vidas hayan cambiado muy poco a lo largo de eras.

Todos los integrantes del género Homo vivieron como cazadores-recolectores durante más de 99% del tiempo transcurrido desde su aparición, hace dos millones de años. Pero una vez que aprendieron a domesticar las plantas, hubo una reorganización total del orbe y, así, la producción de alimento marchó codo a codo con la creciente densidad poblacional, permitiendo que las sociedades agrícolas desplazaran o eliminaran a los cazadores-recolectores.

Surgieron aldeas, luego ciudades y, finalmente, naciones; en un periodo relativamente corto, el estilo de vida del cazador-recolector se extinguió casi por completo. En la actualidad sólo queda un puñado de pueblos dispersos, algunos en el Amazonas, un par de ellos en el Ártico, otros pocos en Papúa Nueva Guinea y una cantidad minúscula en África, pero todos mantienen el estilo de subsistencia de caza y recolección.

El surgimiento repentino de la agricultura, sin embargo, conllevó un alto precio, pues dio cabida a epidemias, estratificación social, hambrunas intermitentes y guerras en gran escala. Jared Diamond, escritor y profesor de UCLA, ha calificado la adopción de la agricultura como "el peor error en la historia de la humanidad"; un error del que, sugiere, jamás nos hemos recuperado.

Los hadza no son belicosos y nunca han experimentado una densidad poblacional que amenace con un brote infeccioso.
Tampoco han padecido hambrunas y, de hecho, hay pruebas de que algunos individuos de un pueblo agrícola vecino emigraron a vivir con ellos durante una época en que fracasaron los cultivos.

Incluso ahora, la dieta de los hadza aún es más estable y variada que la de la mayoría de los habitantes del mundo y disfrutan una extraordinaria cantidad de tiempo libre. Diversos antropólogos calculan que "trabajan" (es decir, buscan alimento activamente) de cuatro a seis horas al día y, a lo largo de todos esos miles de años, apenas han dejado una ligera impronta en el territorio.

Los hadza tradicionales, como Onwas y sus compañeros de campamento, prácticamente no tienen posesiones. Sus escasas pertenencias, como una cazuela, un recipiente para agua o un hacha, caben perfectamente en la manta que llevan colgada al hombro. Las mujeres hadza recolectan bayas, frutos de baobab y extraen tubérculos comestibles, mientras que los hombres buscan miel y se dedican a la cacería.

Las excursiones nocturnas para acechar papiones son actividades de grupo que ocurren unas pocas veces al año; normalmente la cacería es una actividad solitaria. Los hadza comen casi cualquier cosa que puedan capturar, desde aves, ñus, cebras y búfalos hasta jabalíes verrugosos, jabalíes de río y damanes.

Sin embargo, la carne de papión es considerada una exquisitez y, en broma, Onwas me dijo que ningún hadza puede casarse hasta que haya matado cinco papiones. La excepción principal en su dieta son las serpientes, que los hadza aborrecen. Los hombres untan en las puntas de sus flechas un veneno que preparan hirviendo la savia de la rosa del desierto, el cual es tan poderoso que puede derribar una jirafa.

Los grupos hadza son asociaciones informales de parientes, familiares políticos y amigos. Aunque cada campamento incluye algunos elementos nucleares -por ejemplo, Giga y Ngaola, los dos hijos de Onwas, casi siempre están con él-, la mayoría puede ir y venir a placer.

Los hadza no reconocen un líder oficial y los campamentos suelen llevar el nombre del varón de más edad (de allí la designación "campamento de Onwas"), aunque semejante honor no confiere poderes especiales. La autonomía individual es el sello distintivo de los hadza y ningún adulto tiene autoridad sobre otro; ninguno posee más riqueza que los demás (mejor dicho, no tienen ninguna riqueza), y los compromisos sociales son limitados, pues no celebran cumpleaños, ceremonias religiosas ni aniversarios.

La gente duerme cuando le place. Algunos permanecen despiertos casi toda la noche y dormitan de día, en las horas de calor. Los horarios de caza más importantes son el amanecer y el ocaso; por lo demás, los hombres suelen permanecer en el campamento enderezando astiles de flechas, tallando arcos, haciendo cuerdas con tendones de jirafas o impalas y clavando cabezas de flecha.

Comercian con miel para adquirir clavos y las coloridas cuentas de plástico y vidrio que las mujeres transforman en collares. Y cuando un varón recibe uno como obsequio, el gesto se interpreta como señal de que tiene una admiradora. No hay ceremonias nupciales. La pareja que duerma junto a una misma hoguera durante algún tiempo puede, a la larga, considerarse casada.

La mayoría de los hadza que conocí, tanto hombres como mujeres, eran monógamos seriales que cambiaban de cónyuge cada pocos años. Una excepción era Onwas, que ha pasado toda la adultez con su mujer, Mille, con quien tiene siete hijos y varios nietos. Había un grupo de niños en el campamento, supervisados por la abuela residente, una señora diminuta y jovial llamada Nsalu que dirigía una especie de guardería mientras los adultos se encontraban en la selva.

Salvo por los lactantes, me resultó difícil determinar cuáles niños pertenecían a las distintas parejas de progenitores. Los roles de género están bien definidos, pero las mujeres no se encuentran sometidas a la subordinación, implícita en muchas otras culturas. Muchas hadza que hallan pareja fuera del grupo regresan poco tiempo después, resueltas a no ser objeto de malos tratos.

A menudo son las mujeres quienes precipitan el rompimiento de las relaciones entre los hadza: pobre del hombre que sea un cazador incompetente o trate a su mujer con dureza. Algunos de los miembros más estridentes e impetuosos del grupo de Onwas eran mujeres.

Una de ellas en particular, llamada Nduku, se autonombró mi maestra de hadza y pasaba buena parte del tiempo de cada lección provocándome sin piedad, a veces retorciéndose de risa ante mis inútiles esfuerzos por reproducir los peculiares y difíciles chasquidos de lengua que son parte integral del lenguaje.

Onwas sabe de unos 20 grupos hadza que merodean su región intercambiando miembros continuamente, como en una gigantesca contradanza, y la mayor parte de los conflictos se resuelve, simplemente, enviando a los rivales a distintos campamentos.

Cuando un cazador vuelve con una presa, debe compartirla con todos los miembros de su comunidad; por esa razón los grupos rara vez son de más de 30 personas, la mayor cantidad que puede saciarse con una o dos presas de buen tamaño.

Visité a los hadza durante la estación de secas, que abarca de mayo a octubre y es la temporada en que duermen a descampado, envuelto cada cual con una frazada delgada junto a las fogatas, en grupos de dos a seis individuos por hoguera y con ocho o nueve fuegos dispersos en amplio semicírculo frente a un área común despejada.

Los grupos de durmientes eran muy diversos: familias, hombres solteros, mujeres jóvenes (con otra de más edad haciendo de chaperona), parejas. En la estación de lluvias ocupan pequeños refugios abovedados, como nidos invertidos hechos con varas y largas hierbas entreveradas. Nadie duerme a solas en nuestro campamento.

Onwas designó como mi acompañante a su hijo Ngaola, el mismo que nos esperó junto al árbol durante unos días y, a su vez, este pidió a su amigo Maduru que nos acompañara. Los tres dormíamos junto al fuego en disposición triangular, pies con cabeza, pero cuando los mosquitos se volvían especialmente agresivos, me refugiaba en mi tienda de campaña.

Ngaola es taciturno e introvertido, además de un pésimo cazador. No ha tenido pareja aunque tiene alrededor de 30 años; tal vez se lo haya impedido la regla de los cinco papiones. Le duele constatar que, en contraste, su hermano mayor, Giga, es el arquero más diestro del campamento. Maduru es buen deportista y particularmente hábil para encontrar miel.

Maduru asume la responsabilidad de protegerme durante la excursión nocturna.
Conforme nos desplazamos por la maleza, rompe las ramas de acacia que están a la altura de la cara, cubiertas con espinas largas como mondadientes, y se vuelve continuamente para asegurarse de que le sigo el paso. Onwas nos guía hacia la colina donde ha visto el árbol de los papiones. Nos detenemos al llegar. Hay un intercambio de ademanes con las manos y algunos chasquidos de lengua.

No sé qué sucede, pues mi intérprete se ha quedado en el campamento dado que la cacería es una actividad exclusivamente masculina. Maduru me toca un hombro e indica que lo siga. El resto de los cazadores comienza a dispersarse en círculo por la base de la colina y yo sigo a Maduru cuando se interna en la maleza y comienza a subir.

La pendiente es casi vertical (debemos usar las manos para trepar) y los matorrales son tan densos como estropajos de alambre. Las púas hieren mis manos y rostro; un hilillo de sangre me resbala hasta el ojo. Prosigo el ascenso, siempre cerca de Maduru por temor a separarnos. Al fin comprendo lo que sucede.

Subimos por todos los flancos para sorprender a los papiones y hacerlos huir. Desde el refugio en la cima, su única salida es cuesta abajo y, dado que los hadza han rodeado la colina, los animales correrán hacia los cazadores. Tal vez incluso hacia donde nos encontramos Maduru y yo. ¿Alguna vez has visto de cerca un papión?

Tienen dientes diseñados para rasgar la carne y un macho adulto puede pesar más de 35 kilogramos. Pero allí vamos, avanzando cuesta arriba con la intención de provocarlos. Por supuesto, los hadza van armados con arcos y flechas; yo llevo una navaja de bolsillo. Subimos poco a poco.

Maduru y yo abandonamos la maleza hacia el terreno pedregoso y siento como si acabara de salir de debajo de una frazada. La luna es una hoz; sopla una leve brisa. Nos encontramos cerca de la cima y sólo falta por escalar un montón de peñascos situados unos seis metros arriba. Allí se encuentra el árbol de los papiones, apenas fuera de la vista. Entonces escucho unos chillidos enloquecidos.

Los papiones se han dado cuenta de que algo anda mal. El sonido es penetrante, angustioso. Por supuesto, no entiendo lo que dicen los animales, pero no es difícil interpretarlo. ¡Fuera! ¡No se acerquen! Sin embargo, Maduru sube un poco más hasta una roca aplanada y lo sigo. Los papiones están rodeados y parecen presentirlo. De pronto percibo un nuevo sonido. El chasquido de ramas más arriba.

Los papiones empiezan a descender pegando alaridos. Maduru se paraliza, se apoya en una rodilla, pone una flecha y tensa la cuerda del arco. Está listo. Me oculto a sus espaldas rogando con fervor por que ningún papión corra hacia nosotros. Los chillidos se intensifican y de repente, justo sobre nosotros, recortado contra el fondo estrellado, aparece un papión.

Se abre paso y corre hacia el borde de la roca. Maduru se levanta, apunta y sigue los movimientos del animal de izquierda a derecha, con la flecha asegurada y tensando al máximo la cuerda del arco. Cada músculo de mi cuerpo se contrae; el pánico es un palpitar en mis sienes. Sujeto firmemente la navaja.

La razón principal de que los hadza hayan podido conservar su estilo de vida durante tanto tiempo es que el territorio que llaman hogar nunca ha sido un lugar acogedor.
La tierra es salobre, escasea el agua dulce y los insectos son insoportables. Es como si nadie más hubiera querido establecerse allí en decenas de miles de años; por eso están solos. Con todo, la reciente presión del incremento poblacional ha desatado una oleada de nuevos colonizadores en el territorio hadza, y el hecho mismo de que sean un pueblo que cuida la tierra les ha perjudicado, pues los fuereños consideran que aquella vasta extensión está vacía y desaprovechada; un lugar que clama por desarrollo.

Y los hadza, de naturaleza pacífica, casi siempre han optado por emigrar en vez de luchar. Pero ahora ya no tienen adónde ir. En la espesura de los hadza se han establecido criadores de ganado bovino y caprino, productores de cebolla y maíz, cazadores deportivos y furtivos.

Los pozos de agua se han contaminado con excremento vacuno, el ganado ha pisoteado la vegetación, los agricultores han desmontado la selva para sembrar y utilizan la escasa agua disponible para irrigar sus cultivos. Los animales de presa han emigrado a los parques nacionales donde los hadza no pueden seguirlos.

Los sotos de bayas y los árboles que atraen a las abejas han sido destruidos. En el último siglo, los hadza han perdido la posesión exclusiva de hasta 90% de su tierra de origen. Ninguno de los grupos étnicos que hoy comparten la región (datoga, iraqw, isanzu, sukuma e iramba) son cazadores-recolectores. Viven en chozas de barro casi siempre cercadas con corrales.

Muchos desprecian a los hadza y los tratan con una mezcla de compasión y repulsión: se han convertido en los intocables de Tanzania. En cierta ocasión vi que un datoga mantenía a raya a varias mujeres hadza que deseaban aproximarse a un pozo comunal, obligándolas a esperar a que sus vacas acabaran de abrevar.

Ahora hay senderos de tierra surcando la espesura hadza, una carretera pavimentada a cuatro días de camino y en muchos lugares elevados es posible obtener una recepción de telefonía celular bastante aceptable. La mayoría de los hadza, incluido Onwas, han aprendido algo de swahili para comunicarse con otros grupos.

Algunos de los cazadores más jóvenes del campamento me preguntaron si podía darles un rifle para facilitarles la cacería. El mismo Onwas, quien apenas ha traspuesto la periferia de la selva, presiente que se avecinan grandes cambios, pero eso no parece preocuparle. Como me ha dicho en varias ocasiones, no teme al futuro; nada le perturba. De hecho, ninguno de los hadza con los que tuve contacto mostraba tendencia a la preocupación.

Y ese estado mental me sorprendió sobremanera pues esta etnia, desde mi punto de vista, tiene muchas razones para inquietarse. ¿Qué comeré mañana? ¿Qué me comerá mañana? Aun así, llevan una existencia asombrosamente arraigada en el momento presente. Sin embargo, hay quienes deliberan sobre el futuro de los hadza, empezando por el gobierno.

Tanzania es una nación futurista, deseosa de integrarse a la corriente de la economía global, y un bosquimano que caza papiones no es precisamente la imagen que los líderes del país desean proyectar. Un ministro ha descrito a los hadza como retrógrados, mientras que Jakaya Kikwete, presidente de Tanzania, ha declarado que los hadza "deben ser transformados" y, con tal fin, su gobierno insiste en darles escolaridad, viviendas y empleos convencionales.

Incluso Richard Baalow, el único hadza que se ha convertido en el vocero de facto de la etnia, está de acuerdo con las intenciones del Estado, en términos generales. Baalow, quien ha adoptado un nombre europeo, fue uno de los primeros hadza en asistir a la escuela. En los años sesenta, su familia residía en un conjunto de viviendas construidas por el gobierno para alentar a los hadza a establecerse -proyecto que fracasó poco tiempo después-.

Hoy, con 53 años, Baalow habla un inglés impecable y desea que su pueblo participe activamente en la política para luchar por la protección legal de sus tierras y emplearse como guías de caza o guardas forestales. Insta a los niños hadza a que asistan a una escuela primaria regional, que proporciona comida y alojamiento a los alumnos durante el año académico y los escolta de vuelta a la selva una vez concluido el curso.

Los niños en edad escolar del campamento de Onwas me dijeron que no tenían el menor interés en ir a sentarse en un salón de clases. Si asistían a la escuela, argumentaron, jamás aprenderían las destrezas indispensables para sobrevivir y se convertirían en marginados de su pueblo. Y si probaban suerte en el mundo moderno, ¿entonces qué?

Las mujeres terminarían como sirvientas y los hombres, desempeñando algún trabajo de poca importancia. Por esa razón, insistieron, su libertad y poder alimentarse de la selva eran preferibles a una existencia de desamparo y hambre en la ciudad. Cada vez más hadza han emigrado a su tradicional región étnica de Mangola, a orillas de la selva donde, a cambio de dinero, muestran a los turistas sus destrezas como cazadores.

Esos hadza han comprobado que su cultura es de interés significativo para los extranjeros, así como una fuente potencial de ingreso. No obstante, entre los hadza de Mangola ha habido un aumento de alcoholismo, una epidemia de tuberculosis y un perturbador incremento en la violencia doméstica, como atestigua al menos un informe de un hombre que mató a golpes a su mujer.

Aunque los jóvenes del grupo de Onwas manifiestan poco interés en el mundo exterior, ese mundo se acerca a ellos. Al cabo de dos millones de años, la era del cazador-recolector llega a su fin. Los hadza quizá se aferren a su lengua; tal vez muestren sus habilidades a los turistas, pero sólo es cuestión de tiempo para que desaparezcan los hadza tradicionales que trepan por las colinas con sus arcos y flechas, acechando papiones.

En lo alto de la colina adonde nos ha conducido Onwas, me acuclillo detrás de Maduru mientras el papión se desplaza por una prominencia rocosa.

De improviso, el animal se detiene y vuelve la cabeza. Está tan cerca que si alargáramos las manos podríamos tocarnos. Miro fijamente sus ojos; está tan aterrorizado que ni siquiera se atreve a parpadear. El encuentro cercano dura apenas un segundo. Maduru no dispara, tal vez porque el papión está demasiado cerca y podría atacarnos al sentirse herido, pues es el veneno y no la flecha lo que le quitará la vida.

Un instante después, el papión se aleja saltando hacia la espesura. Hay unos momentos de silencio; luego escucho un gañido agudo y el ruido de algo que cae. Me llega del lado más apartado de la roca y no sé si fue un humano o un papión. Son ambos. A trompicones y casi corriendo, nos abrimos paso entre los arbustos y llegamos a un claro en un soto de acacias. Allí está: un papión tendido de espaldas, con el hocico abierto y las extremidades extendidas.

Giga lo ha derribado. Onwas se arrodilla y saca la flecha del hombro del papión, devolviéndola a Giga. Los hombres forman un círculo alrededor del cuerpo para observar la presa. No hay ceremonia alguna. Los hadza no son dados a los rituales. Parece que en sus vidas no hay lugar para el misticismo, los espíritus o para reflexionar en lo desconocido.

No tienen una creencia específica en el más allá: todos los hadza con quienes hablé confesaron no tener la menor idea de lo que sucede después de la muerte. Entre ellos no hay sacerdotes, chamanes o médicos brujos, y los misioneros han conseguido pocos conversos. En una ocasión le pedí a Onwas que me hablara de Dios y su respuesta fue que Dios poseía una brillantez cegadora, en extremo poderosa y esencial para toda forma de vida.

Dios, me dijo, era el sol. El ritual hadza más importante es la danza epeme, que se lleva a cabo en noches sin luna. Hombres y mujeres se separan en grupos. Ellas cantan mientras ellos, por turnos, se colocan un penacho, atan cascabeles a sus tobillos y se pavonean, dando un fuerte pisotón con el pie derecho al ritmo de los cánticos.

La creencia es que sus antepasados salen de la selva la noche de epeme para participar en la danza. No obstante, cuando presencié el ritual noté que un adolescente llamado Mataiyo se escabullía con una joven hacia la espesura, mientras que otros se quedaban dormidos después de bailar.

Como en casi todos los aspectos de la vida hadza, este rito es informal y cada individuo toma una decisión personal en cuanto a su grado de participación. Dado que el dios hadza no se levantará en varias horas, Giga sujeta una pata del papión y lo arrastra por la maleza hasta el campamento. Al llegar, deposita su presa junto a la fogata de Onwas y luego va a sentarse aparte con otros hombres.

La tradición hadza dicta que el cazador victorioso no debe alardear, pues el resultado de una cacería depende en buena medida de la suerte y aun los mejores arqueros pueden pasar por una larga racha de poca productividad. Por eso comparten la carne con la comunidad. Mille, la esposa de Onwas, es la primera en despertar.

Viste su único juego de ropa consistente de una camiseta sin mangas y una tela floreada que la envuelve como una toga. Cuando ve el papión, mueve la barbilla en un sutil gesto de aprobación y atiza el fuego. Ha llegado la hora de cocinar.

El resto del campamento comienza a despertar al poco rato (todos están hambrientos) y Ngaola despelleja el papión estirando la piel con unas varas aguzadas; en pocos días se habrá secado y será una estupenda colchoneta para dormir. Un par de hombres descuartizan el animal y distribuyen los trozos de carne. Onwas, el anciano del campamento, recibe la porción más suculenta, la cabeza.

La cocina hadza es muy sencilla; la carne se coloca directamente en el fuego, sin parrillas ni sartenes.
La hora de comer no es momento de cortesías. No hay espacios personales y, sin importar cuántas personas se encuentren en torno al fuego, siempre habrá lugar para alguien más, aunque deba sentarse en el regazo de otro. Una vez que una pieza de carne se ha terminado de cocinar, todos pueden arrebatar un pedazo. Y lo digo literalmente.

Cuando la comida está lista, aparecen los cuchillos y da comienzo un desenfrenado festín donde todos agarran, cortan, mastican y jalan. La idea es arrancar un cacho de carne con los dientes y luego usar el cuchillo para cortar la porción, de modo que los codazos y empellones son la regla. Usan rocas para romper los huesos y succionar la médula, y se frotan la grasa para humectar la piel.

Nadie cruza palabra, pero el sonido de bocas que mastican y dientes que entrechocan resulta casi cómico. Cabeza de papión en mano, Onwas permanece felizmente ajeno a la refriega. Ha tomado asiento con las piernas cruzadas junto a su hoguera y consume con deleite las mejillas, los ojos, la carne del cuello y la piel de la frente, utilizando la suela de sus sandalias como tabla de cortar.

Roe el cráneo hasta que queda limpio a la perfección y luego lo arroja al fuego, al tiempo que me llama junto con los cazadores para fumar. Con el cráneo del papión aún en el fuego, Onwas se pone de pie, da unas palmadas para llamar nuestra atención y empieza a relatar la historia de la cacería de jirafas, una de sus favoritas. Comprendo de qué se trata aunque mi intérprete, Mariamu, no se encuentra allí.

Y es que Onwas, como muchos hadza, es un estupendo histrión. No hay televisores, juegos de mesa ni libros en el campamento de Onwas, pero sí gran entretenimiento. Mientras las mujeres cantan, los hombres cuentan historias alrededor de las fogatas en una especie de kabuki selvático.

Onwas estira el cuello y se desplaza a gatas para representar el papel de la jirafa. Salta, se agacha y hace como si disparara su arco mientras relata la aventura. Vuelan flechas, las fieras rugen. Los niños corren hacia nosotros y se quedan de pie, escuchando con atención; esta es su educación.

La historia concluye con la jirafa muerta y, como gran final, un reclamo y su respuesta. "¿Soy un hombre?", pregunta Onwas, alargando las manos hacia nosotros. "¡Sí! ?responde el grupo?. Eres un hombre". "¿Soy un hombre?", repite Onwas, con voz estentórea. "¡Sí! ?grita el grupo?. ¡Eres un hombre!".

Entonces Onwas mete las manos en el fuego y extrae el cráneo. Lo abre de un tajo, como un coco, y muestra los sesos que se han cocido durante más de una hora en el interior. Aquello parece una sopa de fideos, de color blanco amarillento y ligeramente humeante. Tiende el cráneo hacia los hombres y todos nos abalanzamos para meter los dedos y sacar un puñado de sesos que sorbemos con avidez. De esa manera concluye la velada.

Al parecer, la cacería del papión fue una especie de iniciación para mí.
Al día siguiente, Nyudu corta una gruesa rama de un árbol mutateko para tallar un arco largo y de elegante curva que luego me obsequia. Otros hombres hacen mis flechas, Onwas me regala una pipa y Nkulu se hace cargo de mis lecciones de tiro. A partir de entonces, voy a todas partes con mi arco, mis flechas y mi pipa (por no hablar de mi equipo purificador de agua, mi bloqueador solar, el repelente de insectos y la tela para limpiar mis gafas).

También me invitan a bañarme con ellos. Caminamos hasta una fosa somera y fangosa, más parecida a un charco grande donde flotan excrementos de vaca, y nos quitamos la ropa. Nos frotamos con puñados de barro para exfoliar la piel y nos enjuagamos con agua.

Ahora bien, aunque los hadza tienen un vocablo para el olor corporal, los hombres prefieren que sus mujeres no se bañen pues, afirman, cuanto más tiempo transcurra entre un baño y otro, más atractivas se vuelven. Nduku, mi maestra de hadza, reveló que a veces pasa meses sin bañarse, aunque no se explica esta predilección de su esposo.

Tras escuchar a Mille y Onwas, descubro también que las disputas conyugales son, muy posiblemente, un rasgo humano universal. "¿No es tu turno de ir por agua?", "¿Por qué tomas la siesta en vez de irte a cazar?", "¿Quieres explicarme por qué despellejaron tan mal el último animal que trajeron al campamento?". Sus intercambios me dan la impresión de que esas mismas discusiones se han repetido durante miles de años en el mismo valle.

Envidio algunas cosas a los hadza, en especial su aparente libertad. Viven libres de posesiones, de obligaciones sociales, de restricciones religiosas, de muchas responsabilidades familiares. No deben someterse a horarios, empleos, jefes, facturas, tráfico, leyes, noticias y dinero. Viven libres de preocupaciones, libres para eructar y ventosear sin tener que disculparse, para agarrar comida, fumar y correr sin camisa entre las zarzas.

Pero nunca podría vivir como ellos. Para mí, su existencia es como un interminable y descabellado viaje para acampar, una excursión increíblemente peligrosa. Carentes de ayuda médica inmediata, una mala caída de un árbol, la mordedura de una mamba negra o el ataque de un león y se acabó. Las mujeres se acuclillan en la selva para dar a luz; la quinta parte de sus recién nacidos muere durante el primer año y casi la mitad de todos los niños no llega a los 15.

Tienen que resistir un calor extremo, padecer frecuentemente de sed y soportar el incesante ataque de moscas tse-tsé y mosquitos portadores de malaria. Y a pesar de todo, los días que compartí con ellos cambiaron mi percepción del mundo, infundiéndome algo que podría llamar el "efecto hadza"; me volvieron más apacible, más consciente del momento presente, más autosuficiente, valeroso y menos dispuesto a vivir con prisas.

No me importa parecer un llorón: confieso que el tiempo vivido como hadza me hizo más feliz. Y ahora anhelo encontrar la manera de prolongar el reinado de los cazadores-recolectores, aunque sé que es casi demasiado tarde. Mi cuerpo, más que otra cosa, fue lo que me indicó que había llegado la hora de salir de la selva. Había sufrido mordeduras, golpes, insolaciones, malestares gástricos y estaba exhausto.

Por ello, luego de dos semanas, anuncié a todos que tenía que partir. La reacción a mi noticia fue mínima, pues los hadza no son sentimentales ni acostumbran prolongadas despedidas. Ni siquiera la muerte es capaz de causar un alboroto. Se limitan a cavar un agujero y depositan el cuerpo en él.

Es más, ni siquiera eso hacían las generaciones anteriores, pues simplemente dejaban el cadáver sobre el suelo para que lo devoraran las hienas. No hay quien haga una tumba convencional u organice un funeral. No hay servicio fúnebre alguno, de ningún tipo. Aunque el difunto haya pasado toda su vida con ellos, sólo arrojan un puñado de varas secas en el hoyo y siguen su camino.