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El MB ABUYASSER II avanza lentamente por el mar Rojo llevando corderos africanos a las mesas árabes.
 
 
El MB ABUYASSER II avanza lentamente por el mar Rojo llevando corderos africanos a las mesas árabes.
Foto: Paul Salopek
 
 

El barco del amor propio

Autor: Paul Salopek Fecha: 2015-05-27

A bordo del BM Abuyasser II, cerca del estrecho de Bab el-Mandeb.

13°48’12’’ N, 42°31’32’’ E

El hombre no puede conocer su mente porque su mente es el único medio de que dispone para conocerla. Puede conocer su corazón, pero no quiere. Y hace bien. Es mejor que no mire ahí dentro”.

–Cormac McCarthy

 

“Tienes que endurecer el corazón”, dice el marinero.

Navegamos hacia Arabia en un barco largo como un campo de futbol.

La embarcación transporta casi 9,000 almas: 8,000 corderos, 855 camellos y 24 humanos (el listado de esta especie incluye 20 tripulantes, tres veterinarios y un pasajero). El marinero parece inquieto, avergonzado, cohibido, como preocupado por mi opinión de su trabajo. Sin duda debido a la sumisa mercancía que llevamos a bordo: animales vivos obligados a resistir la sofocante travesía del mar Rojo. Corderos balando en los corrales metálicos de las cubiertas superiores; más abajo, pesados camellos apretujados en la penumbra de la bodega, meciendo sus largos cuellos cual árboles en un extraño bosque subterráneo. Es una anti-arca que transporta animales a los mataderos del Medio Oriente. Pero el sensible marinero se deshace en disculpas. Tal vez porque es joven y no entiende que endurecimos nuestros corazones desde un principio; mucho antes incluso que nuestros antepasados atravesaran por primera vez el mar Rojo hace 60,000 años, cuando abandonaron África y devoraron cuanto se cruzaba en su camino por el mundo. Y como lo consumido se ha extinguido, hoy llevamos con nosotros nuestra comida, domesticada.

El buque de motor Abuyasser II: mi temerario pasaje fuera de África.

Foto: Paul Salopek

Con bandera de Freetown, Sierra Leona y construido en Italia en 1978 (los controles de máquina del puente aún recuerdan los movimientos de una ópera: Adagio, Mezza, Tutto, Finito), originalmente transportaba vehículos. Pero en Yibuti, los estibadores subieron aturdidos animales por la rampa para autos después de medianoche, bajo la anaranjada luz de las lámparas del puerto (el sigilo de la operación, el absoluto silencio de las suaves pisadas de camellos en el acero corrugado, fue alucinante). Nos dirigimos a Yeda, Arabia Saudita, así que nos aguardan tres días de crucero. Somos como un corral flotante que deja briznas de paja a su paso. No obstante, los oficiales del barco son sirios, lo que incrementa nuestro cargamento de patetismo.

“¿Por qué matar a los niños?”, cuestiona el capitán Abdullah Ali Nejem. “¿Por qué matar a los hombres? ¿A las mujeres? ¿Por qué? ¿Las fábricas? ¡Destruidas! ¿El hospital? ¡Destruido! ¿La escuela? ¡Destruida! ¿Mi país? ¡Destruido! ¡Todo destruido! Siria, ¡acabada! ¡Acabada!”.

La guerra ha borrado de la mente de Nejem las luminosas aunque anticuadas imágenes de su patria; la mente, el único país de cualquier marino. Sentado en el suelo del puente con las piernas cruzadas, cual swami, el envejecido descendiente de mercaderes fenicios monda naranjitas agrias con una navaja de bolsillo. Es un hombre amistoso y enfático que se repite por triplicado. Pero no para manifestar una opinión, sino para exponer una ley universal. Y el capitán Abdullah se repite a menudo porque hay muchas de esas leyes (el universo es un lugar muy complicado), como esta sobre las falsas seducciones de la tecnología:

“¡Todo electrónico! ¡Todo electrónico! ¡To-do electrónico! ¡A mano! ¡Hacer a mano! ¡Hacer a mano¡ ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Mejor!”.

Nejem me muestra su viejo sextante, que reluce como una pepita de oro en una caja de teca forrada con paño verde. Dice que alguna vez navegó un carguero a la India y de regreso usando ese hermoso instrumento náutico. Pero esa noche, cuando regreso al puente, encuentro un iPhone resplandeciendo en la consola del barco. Nejem está usando una app GPS para surcar las olas hacia el norte. La luz azulada del teléfono ilumina la expresión de introspectiva tristeza en su rostro.

A bordo del Abuyasser II hay mucho de eso; embausamiento, escapismo. El jefe de ingeniería pasa horas sentado frente a su laptop, fumando sin parar, con los ojos cerrados, escuchando cantos de aves que descarga de la Internet. El primer oficial se para al timón sorbiendo té, con la mirada perdida en el horizonte azul pizarra.

Foto: Paul Salopek

Esa melancolía es infecciosa. Me vuelvo a popa y observo el retroceso de África: una línea blancuzca, un círculo blanco visto de canto, una hostia pálida que se derrite en la lengua del mar. Cada oliva consumida en el comedor nos acerca un poco más a Arabia. La claraboya de mi camarote mira hacia atrás. El cuartito es una sorpresa; un oficial me lo ha cedido durante el viaje. Lo ha decorado con luces de árbol navideño que cuelgan del cielo raso, y grandes corazones alados sobre la reducida cama. Decoración de “motel de amor” y sin embargo, poco amor hay en un barco de camellos. Excepto, quizás, amor propio.

Foto: Paul Salopek

Cruzamos por Bab el-Mandeb, el angosto “Estrecho de las Lamentaciones” entre África y Arabia. Miro la paja que vuela a nuestro paso. Otro nombre para este cuello de botella hacia el mar Rojo es “Estrecho de Lágrimas”.

“El mar Rojo es más salado que el Mediterráneo”, declara el capitán Abdullah.

Claro que sí. Claro que sí. Claro que sí.

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