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Stan Burger (izquierda), ocupará la presidencia de la Sociedad de Cazadores Sudafricanos desde noviembre. En esta imagen, el también dueño de una reserva, y su ayudante, buscan una presa entre los arbustos durante una excursión de caza.
 
 
Stan Burger (izquierda), ocupará la presidencia de la Sociedad de Cazadores Sudafricanos desde noviembre. En esta imagen, el también dueño de una reserva, y su ayudante, buscan una presa entre los arbustos durante una excursión de caza.
Foto: Shiraaz Mohamed/DPA
 
 

El debate sobre quitar la vida por diversión

Autor: DPA Fecha: 2015-10-23

Algo se mueve entre los arbustos. Stan Burger y su rastreador se acercan lentamente, en silencio y al acecho, apoyan el rifle para obtener mayor estabilidad y apuntan. Se escucha un disparo y, segundos después, el cazador sudafricano sale de su escondite y avanza hacia el potamoquero (una especie de cerdo salvaje), que está sangrando.

"Un tiro limpio", afirma el cazador. "Estaba comiendo y murió en el acto en cuanto le alcanzó la bala". Además, el viento también favoreció que la presa no pudiera oler a su captor.

Escenas similares a ésta de Limpopo, en el norte de Sudáfrica, suceden con frecuencia en las alrededor de 10,000 reservas privadas. Numerosos extranjeros pagan allí cuantiosas sumas por hacerse con alguno de los animales más famosos del continente. "Nuestros clientes vienen a vivir una aventura africana con la que llevan tiempo soñando", explica Burger, quien además gestiona su propia reserva y en noviembre asumirá la presidencia de la sociedad de cazadores sudafricanos (PHASA).

En Sudáfrica, la caza profesional supone un millonario negocio y, según cifras oficiales, unos ingresos anuales de 1,000 millones de rands (unos 80 millones de dólares). La mayoría de clientes proviene de Estados Unidos, seguido de los países europeos, pero también hay solicitudes desde Australia hasta Japón. Los precios parten desde los alrededor de 400 dólares que se pagan por un impala (tipo de antílope).

Sin embargo, quien tenga en el punto de mira uno de los "Big Five" de África, es decir, un león, un elefante, un búfalo, un leopardo o un rinoceronte, puede desembolsar hasta 200,000 dólares. Esto incluye 21 días con alojamiento en un campamento de lujo y traslados en todoterreno. Si el animal que desea el cazador no se encuentra en una reserva privada, a veces los organizadores incursionan en zonas regionales protegidas en las que está permitida la caza, o se trasladan a países vecinos como Zimbabue o Mozambique.

Sin embargo, esta actividad profesional lleva tiempo en boca de todos, y no precisamente de manera halagüeña, en especial desde que un estadounidense matara en julio al emblemático león Cecil de Zimbabue. El poderoso ejemplar formaba parte de un proyecto de investigación de la Universidad de Oxford y las circunstancias de su muerte fueron cuestionables: al parecer, los cazadores habían engañado al felino para sacarlo del Parque Nacional en el que se encontraba y lo hirieron con una flecha.

Celil, sangrando, luchó por sobrevivir durante 40 horas hasta que finalmente lo mataron. Un año antes, también había dado la vuelta al mundo la cacería de elefantes en Botsuana protagonizada por el rey Juan Carlos I de España, quien acabó pidiendo un histórico "perdón". Y recientemente, el debate se reavivó cuando un cazador alemán abatió a un elefante especialmente grande de 109 kilos y colmillos excepcionales también en Zimbabue.

Según la ambientalista especializada en leones Linda Park, moralmente resulta "inaceptable" regentar un negocio de caza de este tipo. "Es un resto de la era colonial, cuando la caza mayor era muy cotizada entre los blancos", explica. Varias aerolíneas han anunciado que no transportarán más animales salvajes como trofeo y Australia ha prohibido la introducción en su territorio de cualquier parte del cuerpo de un león. Además, la Unión Europea también ha endurecido su normativa para este tipo de importaciones.

Ante este panorama, la industria sudafricana de la caza está intentando limpiar su golpeada reputación. Argumenta, entre otros, que con el dinero que pagan los cazadores extranjeros se reforestan áreas enteras, de manera que aumenta la cifra de animales salvajes en el país. De acuerdo con PHASA, actualmente unos 16 millones de animales viven en 20 millones de hectáreas pertenecientes a reservas privadas.

Además, el sector da empleo a unas 100,000 personas, mientras que la carne de los trofeos se reparte entre empleados y vecinos de las zonas circundantes. Y este tipo de reservas también contrata a "rangers" con el fin de impedir y perseguir la caza furtiva, añaden. El gobierno sudafricano respalda a los cazadores y alaba las ventajas económicas asociadas a esta rama de la industria. Pero a los activistas nada de esto les convence.

"El creciente número de animales que son retenidos en áreas no naturales no es en absoluto señal de que sus poblaciones y diversidad vuelva a aumentar", señala Ainsley Hay, de la organización sudafricana contra la tortura animal SPCA. Tampoco es cierto, sostiene, que los cazadores apunten en su mayoría a animales ya mayores. "La caza de trofeos es innecesaria y no beneficia ni al ejemplar en cuestión ni a su especie".

Buger, en cambio, sostiene que cazar no es sólo matar. También importa la experiencia de estar en la naturaleza, afirma, y critica a los cazatrofeos que posan ante las cámaras con un pie sobre su presa. "Hemos quitado la vida a un animal", dice mirando al inerte potamoquero. "Debemos mostrar algo de respeto".

 

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