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Entre conquistar el Everest y el riesgo de la vida

Autor: Laura Parker Fecha: 2015-05-18

Por primera vez en más de cuatro décadas, nadie va a escalar el Monte Everest este año.

El cuestionable hito se produce después de que avalanchas mortales motivaran la clausura de expediciones comerciales al llamado techo del mundo, por segunda vez en dos años.

“Es difícil definir ahora qué es emocionante y qué es divertido cuando hablamos del Everest”, dice Dave Hahn, un guía que fue varado en lo alto de la montaña con otras siete personas en su grupo después de que el terremoto del 25 de abril en Nepal desatara una avalancha. “En este momento, el Everest está empezando a ser un lugar de muerte y tristeza”. (Lee: ¿El temblor cambió la altura del Everest?)

Las magnitudes 7.8 del terremoto y 7.3 de la réplica del martes 12 de mayo han ocasionado la muerte de más de 8,000 personas en Nepal, incluidos cuando menos 19 miembros de expediciones —entre ellos, 10 sherpas— en el campamento base del Everest. Un evento geológico, por supuesto, no es un accidente de montañismo. Pero, cada vez que la gente muere en el Everest, se desencadena lo que se ha convertido en un polémico debate sobre la comercialización del Everest y la ética de escalar.

¿Todos los alpinistas que intentan llegar a la cumbre del Everest ponen en peligro su seguridad? ¿Es demasiada la frecuencia con que se pide a los sherpas que arriesguen sus vidas para alargar las cuerdas y así llevar múltiples cargas de equipo de los clientes —cafeteras incluidas— a través de la traicionera cascada de hielo Khumbu? ¿Será que los occidentales ricos se sienten con derecho a utilizar toda la ayuda que pueden comprar para subir al Everest, o, como ahora en el terremoto, para descender de él?

¿Habrá alguien que preste atención al llamado de Sir Edmund Hillary, quien a 50 años de convertirse en la primera persona en llegar a la cumbre, se pronunció en 2003 por dar un descanso al Everest?

No es probable.

Apenas un año después de que el peor desastre del Everest matara a 16 sherpas en una avalancha, la temporada de escalada 2015 empezaba a normalizarse. Un número récord de escaladores —359— se congregó en el campamento base, muchos de esos alpinistas eran repetidores de la malograda temporada 2014. A pesar de que el terremoto de abril superó en número las muertes ocurridas en 2014, se espera que en 2016 llegue otra gran multitud. (Fotogalería: Animales sobrevivientes en Nepal)

“Me temo que la próxima temporada será tan concurrida como siempre”, dice David Roberts, montañero y autor. “Ese es el encanto del Everest. La muerte de los 16 sherpas no desacelera el ritmo. Habrá una intensa demanda para empezar el año siguiente”.

Un herido es ayudado antes de ser evacuado en helicóptero desde el campamento base del Everest el 26 de abril de 2015. Los cuerpos de los fallecidos se encuentran en tiendas de campaña de color naranja.

Foto: Roberto Schmidt, AFP, Getty Images

Conflicto de valores

Todo debate sobre el Everest gira en torno a dos pilares: el encanto irresistible de pico más alto del mundo y el dinero. No hay escasez de clientes adinerados dispuestos a pagar 70,000 dólares, o más, por este premio difícil de conseguir. Para Nepal, el alpinismo es la base de su industria más estable: el turismo. Para los sherpas, que son los pobladores de las regiones montañosas nepalesas, trabajar en el Everest es tener alguno de los empleos mejor pagados en su empobrecido país. (Lee: ¿Cómo se vive en Nepal?)

El gobierno de Nepal ha dependido tanto del dinero en efectivo que proviene de las expediciones extranjeras, que se resiste a poner límites en el número de permisos para escaladores, y a atender los llamados que plantean exigir cierto nivel de competencia en alpinismo a quienes intentan el ascenso.

Con todo esto, el Everest se ha vuelto tan famoso por su “circo” como por su aventura. Las acumulaciones de basura y desechos humanos han sido siempre problemáticas. Hay quienes siguen vendiendo accesos para la cima a clientes inexpertos que no saben ni cómo ponerse los crampones. El exceso de escaladores causa tantos cuellos de botella, que la fotografía de una “culebra” formada por cerca de 200 alpinistas que ascendían por el lado Lhotse, en 2012, se volvió viral en las redes sociales. Ese año, los alpinistas esperaron turno más de dos horas en el Escalón Hillary —un muro de hielo y nieve que supone el último obstáculo técnico de 12 metros antes de llegar a la cumbre.

El juego del Everest se ha intensificado más allá de la mera aventura del montañismo; es una muesca en el cinturón, una búsqueda de registros para el Récord Guinness a la primera mujer, el primer hombre negro (un sudafricano), y, más recientemente, la primera mujer sudafricana negra que llega a la cumbre. El grupo de esta primavera incluyó por primera vez al vegano del Everest, que no sólo evitó la carne y el queso, sino también el uso de botas y sleeping bags de cuero.

“Para el verdadero alpinista, la historia y la experiencia, ejemplificada por la forma de subir a la montaña, es más importante que llegar a la cima”, dice Conrad Anker, un montañista estadounidense que ha escalado el Everest. “Para las expediciones comerciales, es más una cuestión de llegar a la cumbre”.

Después del terremoto, las imágenes en pantallas divididas tanto de helicópteros recogiendo escaladores varados en la montaña, como de socorristas que se apresuraban hacia los pocos helicópteros en funcionamiento en Katmandú, para ayudar a las masas de heridos, tocaron fibras sensibles. Internet se iluminó con la crítica de los escaladores, a pesar de que la mitad de las personas atrapadas en la montaña eran guías originarios de Nepal.

“Como alpinista clásico, mi primera reacción fue, ‘¿Por qué no pueden encontrar por sí mismos un nuevo camino por la cascada de hielo?’”, se pregunta Roberts. "Hay una ética de alpinismo muy tradicional. Te metes en un predicamento, sales por ti mismo. Parece que estos chicos creyeron que habían contratando un taxi”.

Hahn, quien trabaja como guía para RMI Expeditions, radicado en Ashford, Washington, dice que los escaladores en la montaña tenían pocas opciones, ninguna buena. Un equipo enviado desde el Campamento 1 del Everest, para revisar la reconstrucción de la ruta a través de la cascada de hielo, fue disuadido por los continuos temblores.

Hahn pensó que podría hacer que su pequeño equipo bajara. El problema fue el gran número de escaladores que debían ser trasladados a un lugar seguro.

“Nuestra preocupación era, ¿qué vamos a hacer con 200 personas?”, explica. “No hay duda de que nuestro poder de compra es la razón de que los helicópteros estuvieran allí en primer lugar. Se trata de una empresa privada, que no es propiedad del gobierno. Son máquinas muy costosas para operar y están haciendo un muy buen trabajo, subsidiado a través de su capacidad para cobrarnos el precio completo”.

Sherpas y otros escaladores miran cómo un helicóptero rescata a un herido el 26 de abril en el Everest.

La resistencia en las filas

No todos proveedores quieren participar en todo lo que se ha convertido la escalada del Everest.

“No hemos guiado en el Everest desde hace tiempo”, dice Mark Gunlogson, quien dirige Mountain Madness, una armadora con sede en Seattle. “Esto se está saliendo un poco de control. Hay demasiada gente, demasiadas personas que no están calificadas para estar en la montaña. Hemos retrocedido un poco”.

Los sherpas, que toman los mayores riesgos al atender clientes extranjeros, también están reconsiderando los peligros que están dispuestos a correr. Después de la avalancha mortal del año pasado, los sherpas se negaron a regresar a la montaña, lo que obligó al gobierno de Nepal a cancelar la temporada de ascenso. Exigieron y ganaron pagos de seguro más elevados.

Después de que el terremoto del mes pasado destruyera la ruta a través de la cascada de hielo Khumbu, los sherpas que trabajan como médicos, creando anualmente esa ruta, no pudieron reconstruirla. Poco después, todas las expediciones se retiraron.

 

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