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Ellos caminan por la carretera. Él se detiene a preguntar por qué

Autor: Matthieu Paley Fecha: 2016-06-09

Fotografías de Matthieu Paley

Hace poco, Matthieu Paley recorrió casi 10,000 kilómetros por las carreteras de India con su esposa e hijos pequeños, en una camioneta de segunda mano equipada con todo lo que una familia de cuatro integrantes necesitaba para una estancia prolongada en el camino.

Las autopistas indias nunca dejan de sorprenderme: cruces de camellos, rebaños de miles de cabras, vacas durmiendo en medio del camino, camiones cargando camiones siguiendo camiones. ¡Camiones y más camiones! –exclama Paley-. Aprendí a conducir al estilo indio y a conservar la calma cuando, por ejemplo, un tractor viene en sentido contrario por la carretera con las luces encendidas”, una medida de seguridad por parte del conductor, explica.

Navegar las carreteras fue, de suyo, una aventura, pero la gente que vio caminando junto a las autopistas le daba otra dimensión. Intrigado, decidió detenerse para preguntarles sus historias (habla hindi). Al principio, publicó esas fotos improvisadas de “caminantes de carreteras” en Instagram, pero ahora las comparte.

Conocí a Deepak Sunita, un peregrino solitario, en Madhya Pradesh. En su lata lleva agua sagrada del río Narmada. La vida puede ser muy simple.

“Me llamo Om, solo Om –era joven y sonriente-. Salí antes del amanecer. Camino desde mi hogar en Hoshangabad hasta el templo de Salkanpur, en aquella colina. Verás, ¡conseguí un trabajo, y tengo que dar gracias a los dioses! Volveré a casa esta noche”. No me había dado cuenta de que iba descalzo. Vestía una camisa recién planchada, pero no llevaba zapatos.

¿Qué pasa por la mente del caminante decidido? ¿Es acaso una búsqueda espiritual, una necesidad de claridad, de sanación? Esa interrogante me ha fascinado siempre.

Algunos de mis recuerdos más maravillosos han ocurrido durante viajes de varios meses. Tal vez hayan sido las endorfinas; no lo sé. Pero entonces experimenté momentos en que mi vida parecía una línea nítida… sabía dónde estaba y a dónde quería llegar.

En un largo tramo de carretera entre Delhi y Maharashtra, vi una figura fugaz en la periferia de mi visión. Me pareció extraño… ¿De veras había alguien caminando en la carretera? No es fácil detenerse en la autopista, incluso en India, así que seguí conduciendo.

Vi otra figura en el lado opuesto del camino. En el último instante, viré al carril de salida, retrocedí el auto y pedí a mi familia que hiciera el favor de esperar.

Cuatro hermanos –Barge, Kothar Kar, Talas Kar Sandip, y B.R. Khed Kar- van en peregrinación siguiendo el río Narmada. Han caminado más de 2,735 kilómetros por la carretera.

Ravi hablaba muy bajito, como si temiera hacer ruido. Aceptó mi ofrecimiento de agua, pero rechazó todo lo demás. Cuando puse una botella junto a él, en el suelo, levantó la mirada. Tenía cicatrices en el vientre. Pareciera que la mayoría de estos caminantes de carretera son fantasmas para los transeúntes.

Los camiones pasaban a toda velocidad. La autopista despedía un calor intenso. El hombre estaba cubierto con mantas, y calzaba zapatos que no hacían juego. No llevaba equipaje ni agua. La expresión de su rostro era decidida. “Me llamo Binod Yasin. Voy caminando”, se presentó.

“Pero, Binod es un nombre hindú y Yasin es un nombre musulmán”, le dije, un poco confundido por la combinación.

“Así es. ¿Eso importa? Todos somos uno”, respondió.

Le hice una foto y siguió su marcha. ¡Qué extraño contraste entre su búsqueda iluminada y el asfalto fresco bajo nuestros pies! Quedé cautivado.

No todos los encuentros fueron así de espirituales. Algunos caminantes estaban en la carretera porque no tenían alternativa. Por ejemplo, tratándose de una enfermedad mental, India ofrece poca ayuda y esos trastornos siempre van acompañados de un estigma enorme. A veces, los pacientes de instituciones sobresaturadas son abandonados en los bosques de India y terminan en las carreteras. Me encontré con esas almas perdidas. También estaban las víctimas de lo que supuse eran violaciones y abuso infantil, cuya vulnerabilidad fue palpable. Eran como fantasmas ambulantes; nadie parecía verlos.

¡Imposible pasarlo por alto con semejante colorido! En su cuello lleva escrita la palabra “Krishna”. Es un artista de performance tradicional conocido como behurupiya. “Soy Raje Krishna de camino al templo, ¡ese soy yo!”.

Lo conocí entre dos aguaceros. Tras la aridez de los sembradíos de algodón de los alrededores de Nagpur, fue maravilloso encontrar el verdor del trigo cuando entramos en Madhya Pradesh. Cuando veo la foto, él me recuerda mucho a los vagabundos que conocí en Estados Unidos, con un fardo amarrado a un palo, jeans raídos y un destello en la mirada.

Debido a las condiciones (la autopista, mi familia esperando, los veloces autos), no podía pasar mucho tiempo con cada persona. Intentaba brindar algún tipo de consuelo fugaz, pero sentía lágrimas por dentro.

Otros caminaban en alegres grupos, bandas de hermanos y hermanas vestidos de blanco, de camino a un templo o en una peregrinación de meses. Sus ojos brillantes de orgullo. Algunos iban descalzos: “Es una cuestión de dedicación, pero sobre todo ayuda [a] enfocar la mente”, me dijeron.

Lo vi en el último instante, y tuve que retroceder en el auto para alcanzarlo. Estaba cubierto con mantas. Calzaba zapatos que no hacían juego. No llevaba equipaje ni agua. “Me llamo Binod Yasin. Voy caminando”.

Parecía confundida; cubría su boca con una mano temblorosa. Traté de hablar con ella, de hacer que se sintiera cómoda. Balbuceó, evitando el contacto visual. No puedo imaginar cómo habrá sido su vida. Me entristeció no haber podido comunicarme con ella.

Esos breves encuentros fueron una ventana nueva a este país enorme; y también, los más significativos. Entre el espíritu y la adversidad, esos caminantes de carretera me mostraron un lado auténtico e inesperado de India. Y ahora la veo con otros ojos.

 

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