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Llamado Rough Fire, un incendio forestal arrasó los bosques y parques nacionales de California desde fines de julio hasta octubre, quemando alrededor de 61,500 hectáreas y despidiendo columnas de humo sobre ciudades del Valle Central como Fresno, a 56 kilómetros de distancia.
 
 
Llamado Rough Fire, un incendio forestal arrasó los bosques y parques nacionales de California desde fines de julio hasta octubre, quemando alrededor de 61,500 hectáreas y despidiendo columnas de humo sobre ciudades del Valle Central como Fresno, a 56 kilómetros de distancia.
Foto: Stuart Palley, Zuma/Corbis
 
 

Humo de incendios mata a cientos de miles de personas

Autor: Randy Lee Loftis Fecha: 2015-11-02

Aquel caluroso día de septiembre, el Dr. Praveen Buddiga sabía que la sala de espera estaría atiborrada cuando llegara a su consultorio en el Valle Central de California. Copos blancos caían del cielo, como si estuviera dentro de un globo de nieve.

El incendio forestal conocido como “Rough Fire”, conflagración de alrededor de 61,500 hectáreas provocada por un relámpago en el Bosque Nacional Secoya, estaba soltando una espesa humareda, hollín y cenizas en el aire… y en los pulmones de los pacientes de Buddiga en Fresno, a 56 kilómetros de distancia.

Como alergólogo, Buddiga sabe que los incendios forestales representan una amenaza grave, y a veces mortal, para la salud; sobre todo en individuos que padecen de asma o enfermedades cardiacas.

“Los [pacientes] mayores hacían el signo universal de ahogamiento; ya sabe, las manos alrededor del cuello”, dice Buddiga. “Los más jóvenes solo apuntaban a su pecho. Rough Fire fue devastador para nosotros”.

Miles de millones de personas en todo el mundo están descubriendo que el aire arrastra cantidades de humo peligrosas conforme los incendios forestales se hacen cada vez más grandes e intensos.

“Estamos observando las tendencias, y las emisiones de humo de los incendios forestales tienen tremendas implicaciones de salud pública”, dice el Dr. Wayne Cascio, director de salud pública ambiental en el Laboratorio Nacional de Investigación en Salud y Efectos Ambientales de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), en Carolina del Norte.

La ciudad indonesia de Palangkaraya está cubierta por el humo acre y amarillo de los incendios de turba.

Foto: Bay Ismoyo, AFP, Getty Images

Según cálculos de los investigadores, cada año, el humo de los incendios forestales mata a 339,000 personas en todo el mundo, sobre todo en Asia y África subsahariana. Entre tanto, otros estudios han documentado un incremento de hasta diez veces en los ataques de asma, visitas a servicios de emergencia e internamientos hospitalarios cuando el humo se extiende y cubre las zonas habitadas.

La semana pasada, gran parte del sureste asiático estuvo cubierto por el denso humo de incendios de turba en Indonesia, los cuales se espera que ardan durante meses. Alrededor de 40 millones de indonesios de cinco provincias están respirando el hollín y se anticipa que el gobierno declare un estado de emergencia nacional.

Cuando se quema, la turba –un material pantanoso- expulsa “mucho más humo y contaminantes aéreos que casi cualquier tipo de incendio”, informa NASA, advirtiendo que los incendios asiáticos tienen muchas probabilidades de empeorar y extenderse a grandes distancias.

Imágenes satelitales confirman que el humo puede cruzar cordilleras, continentes y océanos. Incendios ocurridos a 400 kilómetros de distancia han provocado llamadas a números de emergencia en Albuquerque. Las conflagraciones de Quebec han enviado columnas de humo a casi 1,300 kilómetros, causando dificultades respiratorias a los neoyorquinos.

Los texanos han padecido enrojecimientos oculares por causa de agricultores hondureños que queman sus campos a más 2,400 kilómetros al sur. Y el humo estadounidense ha viajado 8,000 kilómetros para irritar las vías respiratorias de europeos orientales. Y algunos incendios, como los de Indonesia, despiden columnas de humo tan inmensas que aparecen cubriendo países completos en fotografías tomadas desde el espacio exterior.

Peligros ocultos en el humo

Un incendio puede arder durante meses y las capas de aire estancado, conocidas como inversiones –comunes en el oeste de Estados Unidos- pueden atrapar el humo abajo, donde las personas respiran. Y algunos días, las amenazas para la salud pueden superar con mucho los niveles de contaminantes aéreos permitidos por los estándares federales.

Una imagen satelital de NASA muestra el humo de los incendios de Indonesia.

Foto: NASA Earth Observatory

La mayor amenaza del humo proviene de las partículas microscópicas del aire, que escapan a las defensas del cuerpo y llegan a los alvéolos, el componente final del sistema respiratorio. Algunas de esas partículas entran en la sangre y forman un líquido espeso y pegajoso. El humo también contiene monóxido de carbono, que causa daños cardiacos persistentes, así como sustancias químicas como benceno y formaldehído, el cual se sabe que ocasiona cáncer en humanos.

“La contaminación aérea, en general y las partículas, en específico, son carcinógenos”, informa el Dr. Jonathan Samet, especialista en pulmones e investigador de la Universidad del Sur de California. “Eso también se aplica al humo de los incendios forestales, derivado de la combustión de materia vegetal”.

Empiezan a surgir nuevas evidencias de que el corazón es vulnerable al daño provocado por el humo.

Investigadores de EPA hallaron que, durante un gran incendio de turba ocurrido en 2008 en el oriente de Carolina del Norte, las visitas a salas de emergencia por insuficiencia cardiaca aumentaron 37 por ciento después de los días de mayor contaminación por humo. Así mismo, las visitas a emergencias por problemas respiratorios se incrementaron 66 por ciento. La población con mayor riesgo fueron personas de escasos recursos económicos, aun con acceso a la atención médica, informa Ana Rappold, estadista de EPA.

Y en 2015, la Dra. Anjali Haikerwal de la Universidad de Monash, en Australia, informó de un incremento de 7 por ciento en casos extra-hospitalarios de paro cardiaco cuando el humo de un incendio forestal cubrió la zona metropolitana de Melbourne en 2006-08. “Ahora tenemos evidencias muy, muy sólidas”, afirma.

Los bebés no natos también están en riesgo. Un estudio de 2012 reveló que los bebés nacidos durante los incendios de 2003 en California pesaron, en promedio, 7 gramos menos que los bebés nacidos justo antes de los incendios.

Un hombre monta su bicicleta bajo el cielo cubierto de humo en Middletown, California, en septiembre.

Foto: Stephen Lam, Getty

Cómo responder a incendios más grandes

Las razones para esta tendencia de incendios más grandes y dañinos pueden ser muchas, pero la causa principal es la relación cambiante del hombre con el planeta. Las personas están emigrando a los límites urbanos, más rústicos y propensos a incendios incontrolables, sobre todo en California, Texas y Florida. Las décadas de supresión de incendios, sobre todo en el oeste, han creado las condiciones para los violentos incendios de la actualidad. Aunque el fuego ha sido una antigua herramienta agrícola en todo el mundo, la quema para despejar tierras de cultivo ha alcanzado una escala industrial; por ejemplo, en Asia oriental están quemando bosques para transformarlos en plantaciones de palmas de aceite.

El cambio climático también agrava la exposición al humo de los incendios forestales. En 2011, el Consejo Nacional de Investigación calculó que por cada grado centígrado de incremento en la temperatura global, la cantidad de acres quemados en el oeste de Estados Unidos podría incrementarse en 200 a 400 por ciento.

Una cuarta parte de la superficie con vegetación del planeta está experimentado temporadas de incendio más prolongadas, informan científicos del Servicio Forestal de Estados Unidos. “Si los cambios climáticos que propician incendios se combinan con fuentes de ignición y disponibilidad de combustible”, escribieron los investigadores, “podrían impactar significativamente los ecosistemas, las sociedades, las economías y el clima de todo el mundo”.

¿Qué pueden hacer los individuos y la sociedad? Por desgracia, las opciones son limitadas. “No puedes bloquear el humo con un filtro enorme en el cielo”, dice Klaus Moeltner, economista del Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, quien ha estudiado los costos de los incendios forestales. No obstante, un objetivo de las estrategias para combatir el fuego podría ser limitar la exposición al humo. “Un buen punto de partida serían las grandes áreas pobladas que están contra el viento”, propone Moeltner.

También serviría encender pequeños fuegos controlados, eliminando así la vegetación que alimenta los grandes incendios.

“Tenemos por delante un gran desafío”, dice Pete Lahm, gestor de humo en el Servicio Forestal de Estados Unidos. “Sabemos que estos ecosistemas arderán”.

Sin embargo, esa estrategia plantea problemas. Muchos reglamentos de calidad del aire, tanto estatales como locales, limitan cuándo están permitidos los incendios prescritos; además, los lineamientos de incendios suelen prohibir dichos fuegos si el humo amenaza con extenderse a los vecindarios.

Para quienes sufren el humo, el consejo de los expertos es permanecer en casa con las ventanas cerradas, y encender filtros de aire y aires acondicionados. Y no trabajar al aire libre cuando el mundo parezca una hoguera gigante.

“Si puedes oler el aire, tal vez no debas salir a correr o a montar en bicicleta”, previene Samet.

 

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