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Esta fotografía, hecha con una cámara térmica, muestra las diferencias de temperatura corporal por género. La variedad es particularmente evidente en las manos; en promedio, las de las mujeres son más frías.
 
 
Esta fotografía, hecha con una cámara térmica, muestra las diferencias de temperatura corporal por género. La variedad es particularmente evidente en las manos; en promedio, las de las mujeres son más frías.
Foto: Tyrone Turner, National Geographic Creative
 
 

Por discriminación, la oficina está muy fría o muy caliente

Autor: Wendy Koch Fecha: 2015-08-05

El tema causa muchas peleas domésticas. No, no es el dinero, el sexo o la educación de los hijos, sino el humilde termostato. A menudo se desatan acaloradas disputas por la temperatura de una habitación y una nueva investigación sugiere porqué las mujeres pueden perder la discusión; al menos, en la oficina.

La discriminación de género a menudo determina el calentamiento o enfriamiento de los edificios de oficina; y no se debe a un conflicto de Marte contra Venus. Según un estudio publicado esta semana en Nature Climate Change, la temperatura suele estar determinada por un estándar establecido hace décadas, el cual se fundamenta en la tasa metabólica de los hombres.

Esta discriminación tiene implicaciones para el clima del mundo real; después de todo, los edificios generan un tercio de las emisiones de carbono y su consumo de energía está determinado, eminentemente, por el comportamiento de los ocupantes.

“La [discriminación] tiene consecuencias enormes. Y no toma en cuenta a las mujeres, en absoluto”, afirma el coautor del estudio, Boris Kingma, biofísico del Centro Médico de la Universidad de Maastricht, Holanda. Explica que, debido a su composición corporal, las mujeres tienen una tasa metabólica más baja que los hombres, por lo que prefieren habitaciones más templadas y necesitan menos aire acondicionado.

Sin embargo, en la mayor parte de los edificios de oficina, la temperatura se fija con base en una fórmula desarrollada en la década de 1960, la cual contempla, entre otros factores, la tasa metabólica de un hombre de 40 años y 70 kilogramos de peso.

Kingma afirma que ese modelo podría sobreestimar, hasta en 35 por ciento, la tasa metabólica de una mujer.

A fin de mejorar la eficacia energética de un edificio, Kingma ha ideado otra estrategia basada en una prueba de cámara sellada con 16 mujeres jóvenes oficinistas. Ahora, el investigador propone un modelo biofísico más amplio que toma en cuenta no solo la tasa metabólica, sino también el aislamiento tisular, que puede variar según la edad, el género y el tipo corporal.

“Estos hallazgos podrían ser significativos para la siguiente ronda de revisiones sobre los estándares de confort térmico”, escribió Joost van Hoof, investigador de la Universidad Fontys de Ciencias Aplicadas (Holanda), en un artículo acompañante. Agrega que es posible incrementar el ahorro de energía calibrando óptimamente la temperatura de un edificio, un aspecto importante toda vez que el calentamiento global obliga a un mayor enfriamiento de interiores.

Lee: Ciudades que se preparan para el cambio climático

No obstante, señala que la muestra de Kingma es tan pequeña que se requiere de un estudio en gran escala para persuadir a urbanizadores e ingenieros de cambiar sus prácticas y encontrar mejores soluciones.

Un hombre preferiría una temperatura más baja, respecto a una mujer. Así lo muestra un oficinista retratado en 1930.

Foto: H. Armstrong Roberts, ClassicStock/Corbis

“Hay cosas que podremos hacer”, afirma Kingma. Por ejemplo, en un futuro habrá dispositivos personales, como relojes de pulsera, capaces de medir con precisión la tasa metabólica del ocupante, y los termostatos de las casas inteligentes podrán ajustar, automáticamente, la temperatura interior.

Pero, ¿qué sucederá en un edificio de oficinas con cientos de ocupantes? Aquí interviene la silla ventilada. Investigadores de la Universidad de California, Berkeley han desarrollado una silla de malla operada a baterías que contiene tres ventiladores y dos componentes calefactores. Los usuarios pueden ajustar la temperatura de la silla creando la máxima micro-climatización.

“Es incluso mejor que instalar un termostato en cada estación de trabajo, si acaso fuera posible”, dijo Edward Arens, investigador co-principal del proyecto, cuando se hizo el anuncio del “sistema de confort personal”. En enero, el equipo publicó un estudio sobre la silla, la cual incluye sensores ahorradores de energía que apagan los dispositivos de calefacción y enfriamiento cuando está desocupada.

Con todo, las sillas y los hogares inteligentes no aparecerán de la noche a la mañana. Y entre tanto, las parejas seguirán discutiendo por la temperatura.

“Una solución es que siempre estoy completamente de acuerdo con mi esposa”, comenta Kingma, con una carcajada. Cuando llega a casa, muchas veces se da cuenta de que ella ha aumentado la temperatura. “Solo vuelvo a bajarla”, concluye.

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