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Paul Salopek y Ahmed Alema Hessan, su guía etíope, salen de la población de Bouri en la región afar del noroeste de Etiopía.
 
 
Paul Salopek y Ahmed Alema Hessan, su guía etíope, salen de la población de Bouri en la región afar del noroeste de Etiopía.
Foto: John Stanmeyer-VII
 
 

Caminata fuera del edén/ Caminemos

Autor: Paul Salopek Fecha: 2015-04-17

Herto Bouri, Etiopía

10°17'12'' N, 40°31'55'' E

Ven, ven, quienquiera que seas;

Seas infiel, idólatra o pagano, ven

Este no es un lugar de desesperación

¡Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

— Yalal ad-Din Muhammad Rumí


Un día despejado, en terreno llano –digamos, como el descampado amarillento que me rodea en el Valle del Gran Rift, en el norte de Etiopía- puedo abarcar con la mirada casi 100 kilómetros. El equivalente a un radio de tres días de caminata. Y durante los próximos siete años de mi vida mientras recorro, a pie, el camino seguido por los primeros humanos anatómicamente modernos que deambularon fuera de África, esa distancia representará para mí, como para nuestros antepasados, un universo tangible, mi horizonte limitante.

Haré trampa, por supuesto, pues el equipo de comunicación que llevo a la espalda para compartir mi viaje desvelará infinidades digitales que nuestros ancestros nómadas ni por asomo imaginaban. Y no obstante, la experiencia de cubrir los continentes, metro a metro, hasta el año 2020 expondrá, creo yo, una ineludible realidad biológica: que estamos hechos para caminar.

La selección natural nos condicionó para asimilar el significado de nuestros días al ritmo una ligera marcha de cinco kilómetros por hora. Sin embargo, nos consideremos malditos o afortunados de poblar la Tierra en este frenético momento de nuestra historia –que yo, al menos, prefiero a cualquier otro- abundan los argumentos para aminorar el paso. Argumentos para hacer una pausa en el camino como el pastor afar Idoli Mohamed, cruzado de brazos, apoyado sobre bastones de acacia pulimentados a mano. Para observar; para escuchar; para mirar de reojo sobre un hombro buscando derroteros antiguos. Porque las primeras pandillas de Homo sapiens que allanaron el camino para nuestra transformación en una especie planetaria –esos cazadores-recolectores de los que extrañamente poco sabemos y que, según investigadores, apenas sumaron unos miles de individuos- tienen valiosas lecciones que impartir. Después de todo, fueron supervivientes consumados. Y esa es la premisa de la caminata Fuera del Edén.

Idoli Mohamed, pastor afar de la región de Herto Bouri, al inicio de la caminata.

Foto: Paul Salopek

La ciencia ha producido una plantilla bastante precisa para mi largo viaje: la primera dispersión humana global fuera de África.

Fósiles y marcadores de ADN en las poblaciones modernas sugieren que, hace entre 50 000 y 70 000 años, aquellos pueblos comenzaron a filtrarse por el norte de nuestro “Edén” arqueológico en el Valle del Rift. Impulsados por presiones poblacionales o atraídos por cambios climáticos favorables, algunos de los primeros caminantes fueron al oeste internándose en Europa, donde quizás erradicaron a los neandertales. Pero otros dieron vuelta a la derecha, hacia Eurasia y esa será mi ruta (ya que mis rodillas no tienen la resistencia suficiente para incluir Europa en el itinerario. Y en cuanto a Oceanía, adonde la humanidad llegó por mar hace 50 000 años, apenas puedo nadar de perrito). Desde Medio Oriente seguiré el espectral rastro de antiguas migraciones que cruzaron Asia Central hasta China y luego, me desviaré al norte hacia el Ártico siberiano, donde abordaré un barco con destino a Alaska (los primeros americanos hallaron una fauna tan increíblemente rica, que el arqueólogo Ofer Bar Yosef propuso que renombrara el proyecto Hacia el Edén). Por último, recorreré toda la extensión de las Américas hasta Tierra del Fuego, el extremo borrascoso de América del Sur donde, al fin, se nos acabaron los continentes y donde, en la década de 1830 y con apenas 23 años, un inexperto Carlos Darwin prendió la mecha a toda esta cadena de redescubrimientos.

Retroceder sobre los pasos de nuestros antepasados en su migración por el mundo.

Hace unas semanas, antes de viajar a África, volé a la isla Navariño en la región chilena de Tierra del Fuego.

Cristina Calderón, de 84 años, es la última hablante yagán de sangre pura. Vive en Tierra del Fuego, Chile destino final de la caminata.

Foto: Paul Salopek

Deseaba inspeccionar la meta de un proyecto que consumirá la séptima parte de mi vida. Cristina Calderón, una anciana de 84 años, me recibió a la puerta de su cabaña. Es la última hablante yagán de sangre pura: grupo indígena culturalmente extinto que Darwin contemplara, boquiabierto, mientras pescaban desnudos en las playas heladas del Canal de Beagle. Aunque pretendo y espero encontrarme, nuevamente, con Calderón cuando camine hasta su porche costero dentro de unos años, en otro hemisferio, también quiero llevar conmigo sus palabras al otro lado del mundo. Expliqué en español que, hacía unos 7 000 años, su pueblo contempló una de las últimas cuencas visuales vírgenes de la humanidad, de casi 100 kilómetros de extensión. La anciana fue a sentarse junto a la ventana, entrelazó los dedos y con la mirada fija en la mar picada y oscura, se puso a enunciar objetos y animales en una lengua agonizante que más parecía el chapaleo del agua que un sonido humano; palabras ondulantes y flexibles y traslúcidas. Estaba tratando de recordar.

Enero 22, 2013

Traducción de José Ignacio Rodríguez Martínez

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