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Catacumbas
Philippe Charlier deja su bolsa de plástico en una silla destartalada y se frota las manos en la tumba fría y oscura. Los muertos nos rodean, apilados como leña, forman paredes de órbitas oculares y cabezas redondeadas de fémures. Charlier mete una mano dentro de la bolsa llena con los huesos que tomará prestados.
Extrae los huesos de la parte frontal de un cráneo: una cara. La miramos fijamente. Debajo de las órbitas, el tejido óseo está picado y sumido, y el orificio nasal es ancho y casi circular. Charlier es arqueólogo y patólogo forense de la Sorbona. "Signos de un caso avanzado de lepra", anuncia con tono jovial.
Cualquier otro día, las catacumbas resonarían con voces y risitas nerviosas de los turistas, pero hoy han cerrado el recinto para que Charlier pueda examinar tranquilamente los restos. Aquí yacen alrededor de seis millones de parisinos, casi el triple de la población de la superficie.
Los esqueletos, exhumados de cementerios atestados durante los siglos xviii y xix, fueron literalmente volcados en los antiguos túneles de las canteras. Algunos de los más recientes datan de la Revolución francesa, pero los más antiguos se remontan a la época merovingia, hace más de 1 200 años.
Muertos anónimos, disgregados. Cualquier individualidad, olvidada. No obstante, sus huesos permiten que Charlier rescate retazos de sus historias: las enfermedades y los accidentes que sufrieron, las heridas que sanaron o no, los alimentos que consumieron, sus prácticas quirúrgicas.
En las entrañas del subsuelo, el arqueólogo puede vislumbrar cómo fue alguna vez la vida a la luz del sol. Sigue rebuscando en su bolsa. "¡Ah! -exclama, al tiempo que escudriña las lesiones de una vértebra-. ¡Fiebre de Malta!". La fiebre de Malta o brucelosis afecta a individuos que tienen contacto con animales infectados o sus secreciones, como la leche. "Es probable que esta persona se dedicara a fabricar quesos", sentencia el investigador.
Vuelvo la mirada hacia el corredor. Nos hallamos en una especie de biblioteca que reúne decenas de miles de historias parecidas a las del fromager. Cuando Charlier regrese a su despacho a bordo del metro, algunos de esos individuos lo acompañarán en la bolsa de plástico que pondrá junto a sus pies.
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