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Cerebros adolescentes

Aunque sepas que tu adolescente asume algunos riesgos, en ocasiones puede ser sorprendente enterarte de ellos.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-10-10     AUTOR: David Dobbs

Hace no mucho, una linda mañana de mayo, mi hijo mayor, de 17 años, me llamó por teléfono para decirme que acababa de pasar un par de horas detenido en la estación de policía. Al parecer había estado conduciendo "algo rápido". ¿Qué es "algo rápido"?, pregunté. Resulta que este producto de mis genes y cuidados amorosos había corrido a 182 kilómetros por hora en la carretera.

"Eso es más que algo rápido", dije.

Estuvo de acuerdo. De hecho sonaba triste y arrepentido. No protestó cuando le hice saber que tendría que pagar las multas y probablemente un abogado. Tampoco discutió cuando señalé que a esa velocidad habría muerto de haber sucedido cualquier cosa (un perro atravesando la carretera, una llanta ponchada o hasta un estornudo).

Sonaba tan razonable que era casi irritante. Incluso admitió que el policía había hecho bien en detenerlo, ya que, en sus propias palabras, "no todos podemos ir por ahí a 182 kilómetros por hora".

Sin embargo, sí objetó una cosa. No le gustó que una de las acusaciones que le hicieron fuera por conducir imprudentemente. "Bueno -gruñí, esperando por fin una oportunidad para poder gritarle-, ¿tú cómo lo llamarías?".
"Es que no es correcto -me dijo con calma-. 'Imprudente' suena como si no prestaras atención. Pero no fue así.

De manera deliberada lo hice en un tramo recto de carretera, a plena luz del día, con buena visión de los señalamientos y nada de tráfico. Digo, no estaba acelerando impulsivamente. Estaba conduciendo. Creo que eso es lo que quiero que sepas. Si te hace sentir un poco mejor, estaba muy concentrado".

En realidad sí me hizo sentir mejor. Y eso me molestaba, pues no entendía por qué. Ahora ya lo entiendo.

Con la aventura a alta velocidad de mi hijo me surgió la pregunta que siempre se hacen quienes reflexionan sobre la clase de personas que llamamos adolescentes: ¿qué diablos estaba haciendo? Los científicos lo hacen de manera más fría. Preguntan: "¿cómo se explica este comportamiento?".

Pero incluso esta es solo otra manera de preguntarse, "¿qué sucede con estos muchachos? ¿Por qué actúan así?". Además de cuestionar, la pregunta emite un juicio.

A lo largo de la historia, la mayoría de las respuestas culpan a ciertas fuerzas oscuras que solo afectan al adolescente. Hace más de 2,300 años, Aristóteles concluyó que "la Naturaleza calienta a los jóvenes como el vino a los ebrios".

En la obra de teatro Cuento de invierno, de Shakespeare, un pastor desearía que "no hubiese edad entre los diez y los veintitrés años, o que la juventud durmiera durante el intervalo, pues entre las dos edades no hay sino muchachas embarazadas, ancianos maltratados, robos y peleas".

Su lamento tiñe también la mayoría de las interrogantes científicas modernas. G. Stanley Hall, quien formalizó los estudios sobre adolescentes en 1904 con su libro Adolescence: Its Psychology and Its Relations to Physiology, Anthropology, Sociology, Sex, Crime, Religion and Education, creía que este periodo replicaba etapas antiguas, menos civilizadas, del desarrollo humano.

Freud veía la adolescencia como una expresión de un conflicto psicosexual tormentoso. Para Erik Erikson era la crisis de identidad más tumultuosa de la vida. La adolescencia: siempre un problema.

Esa línea de pensamiento continuó hasta finales del siglo xx, cuando los investigadores desarrollaron la tecnología para obtener imágenes del cerebro; esto les permitió ver el cerebro de los adolescentes con suficiente detalle como para rastrear su desarrollo físico y sus patrones de actividad.

Las nuevas imágenes proporcionaron otra manera de preguntar lo mismo (¿qué sucede con estos muchachos?) y revelaron una respuesta que sorprendió a casi todos. Resultó que nuestros cerebros tardan mucho más en desarrollarse de lo que se creía.

Este descubrimiento sugería tanto una explicación simplista y poco favorable para el comportamiento exasperante de los adolescentes como una más compleja y positiva.

La primera serie completa de imágenes del cerebro adolescente en desarrollo -proyecto realizado por los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) que estudió a más de 100 jóvenes cuando estaban creciendo, en los años noventa- mostró que entre los 12 y 25 años nuestros cerebros sufren una reorganización gigantesca.

No es que el cerebro crezca mucho durante este periodo, pero durante nuestro paso por la adolescencia experimenta amplias remodelaciones, semejantes a las de una computadora cuando se actualizan sus redes y cableado.

Para empezar, los axones ?largas fibras nerviosas que las neuronas usan para mandar señales a otras neuronas? se cubren gradualmente de una sustancia grasosa y aislante llamada mielina (la materia blanca del cerebro), con lo que su velocidad de transmisión aumenta hasta 100 veces.

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