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Cerebros adolescentes
Aunque sepas que tu adolescente asume algunos riesgos, en ocasiones puede ser sorprendente enterarte de ellos.
Esto ayuda a explicar la rapidez de los adolescentes para aprender y su extraordinaria receptividad a las recompensas, al igual que sus reacciones entusiastas, y a veces melodramáticas, tanto al éxito como al fracaso.
De manera similar, el cerebro adolescente es sensible a la oxitocina, otra hormona neural que, entre otras cosas, hace que las conexiones sociales sean particularmente gratificantes.
Hay una gran superposición de las redes neurales y las dinámicas asociadas con la recompensa en general y con las interacciones sociales. Si se activa una, muchas veces también lo hace la otra. Si se activan en la adolescencia, es como prender fuego.
Esto ayuda a explicar otro rasgo propio de los adolescentes: prefieren la compañía de gente de su edad más que en cualquier otra etapa de la vida. En cierto grado, esta pasión por estar con pares de su edad simplemente expresa, en el ámbito social, la atracción general de los adolescentes por la novedad: otros adolescentes ofrecen mucho más que la familia.
Pero gravitan hacia sus pares por otra razón más poderosa: invertir en el futuro en lugar del pasado. Llegamos a un mundo hecho por nuestros padres, pero la mayor parte de nuestras vidas transcurrirá en un mundo dirigido y moldeado por nuestros pares, ya sea que prosperemos o no en él.
Conocerlos, entenderlos y crear relaciones con ellos es esencial para nuestro éxito. Por ejemplo, las ratas o los monos más espabilados socialmente suelen conseguir las mejores zonas para procrear o los territorios más codiciados, más comida y agua, más aliados y más sexo con parejas mejores y más sanas. Y ninguna especie es más compleja y profundamente social que los seres humanos.
Esta característica sumamente humana hace de las relaciones entre pares no una atracción secundaria sino el acto principal. De hecho, algunos estudios de escaneos cerebrales sugieren que nuestros cerebros reaccionan al rechazo de los pares de manera similar que ante amenazas a la salud física o el suministro de alimento.
En otras palabras, a nivel neural percibimos el rechazo social como una amenaza a la existencia. Saber esto nos ayuda a tolerar la histeria de alguien de 13 años decepcionado por un amigo o la tristeza de alguien de 15 cuando no lo invitan a una fiesta. ¡Estos chicos!, nos lamentamos. Reaccionan a los altibajos sociales como si su destino dependiera de ellos. Tienen razón. Sí depende de ellos.
Entusiasmo, novedad, riesgo, la compañía de los pares. Estos rasgos definitorios de la adolescencia nos hacen más adaptativos, como individuos y como especie.
Sin duda es por eso que, definidos en un sentido amplio, se trata de rasgos que parecen surgir casi en toda cultura, moderna o tribal. Los antropólogos han descubierto que prácticamente todas las culturas del mundo ven la adolescencia como un periodo caracterizado por preferir la novedad, la emoción y a los coetáneos.
Este reconocimiento casi universal destruye la noción de que la adolescencia es una creación cultural. La cultura no crea la adolescencia.
La singularidad de este periodo surge de genes y procesos de desarrollo que han sido seleccionados durante miles de generaciones porque desempeñan un papel importantísimo en este periodo clave de transición: producir una criatura optimizada para salir de un hogar seguro a un territorio desconocido.
Salir del hogar es lo más difícil que hacen los humanos, así como lo más decisivo, no solo para los individuos, sino para una especie que ha mostrado una habilidad sin igual para conquistar ambientes nuevos.
En términos científicos, los adolescentes pueden ser un dolor de huevos, pero posiblemente sean los seres humanos más completa y crucialmente adaptativos. Sin ellos, la humanidad quizá no se hubiera esparcido por el mundo con tal facilidad.
Por acertada que sea, esta visión del adolescente adaptativo puede ser difícil de asimilar, más aún para los padres que tienen que lidiar con los momentos más agotadores, contradictorios y aterradores de la adolescencia.
La selección natural blande una espada afilada y los momentos de descuido del adolescente pueden traer consecuencias espantosas. Quizá no corramos el riesgo de morir en batallas rituales o de que nos coma un leopardo, pero las drogas, el alcohol, los accidentes de tráfico y el crimen cobran una cuota enorme.
Mi hijo vive y prospera en la universidad, sin auto, pero algunos de sus amigos del bachillerato murieron durante sus experimentos al volante.
Por supuesto, nosotros los padres también tropezamos a menudo al tratar de caminar sobre la línea borrosa que divide el ayudar a nuestros hijos y estorbarles en su adaptación a la edad adulta.
Y no obstante podemos ayudar, y lo hacemos. Podemos prevenir algunos de los peores peligros del mundo y dar un empujoncito a los adolescentes para que respondan adecuadamente ante los demás riesgos.
Los estudios muestran que cuando los padres se involucran y guían a sus adolescentes con mano suave pero firme, manteniendo el contacto pero permitiendo la independencia, generalmente a sus hijos les va mucho mejor en la vida.
Los adolescentes quieren aprender sobre todo, pero no por completo, de sus amigos. En cierto grado y en algunas ocasiones (detectarlas es tarea de los padres), el adolescente reconoce que sus padres pueden ofrecer algo de sabiduría, un conocimiento que se valora no por venir de la autoridad paterna, sino de la lucha de los propios padres por aprender cómo funciona el mundo.
Mientras tanto, en tiempos de duda, uno puede inspirarse en lo último que distingue al cerebro adolescente, la clave final tanto de su torpeza como de su sorprendente adaptabilidad.
Se trata de la plasticidad prolongada de las zonas frontales, las que más tardan en desarrollarse, mientras maduran lentamente. Como se mencionó antes, estas regiones son las últimas en las que se establece la capa grasosa y aislante de mielina (la materia blanca del cerebro) que acelera la transmisión.
A primera vista parecen malas noticias: si necesitamos estas áreas para afrontar la compleja tarea de entrar en el mundo, ¿por qué no van a máxima velocidad cuando los retos son mayores?
La respuesta es que el precio que se paga por la rapidez es la flexibilidad. Aunque la cubierta de mielina acelera mucho el ancho de banda de un axón, también inhibe el crecimiento de nuevas ramas.
De acuerdo con Douglas Fields, neurocientífico de los NIH que ha dedicado años al estudio de la mielina, "esto hace que el periodo en el cual se establece la mielina en un área cerebral sea crucial para el aprendizaje; el cableado se está mejorando, pero cuando el trabajo termine, será difícil hacer cambios".
La ventana en la que la experiencia puede recablear mejor esas conexiones es muy específica para cada zona del cerebro. De esta forma, los centros de lenguaje adquieren su aislante con más fuerza en los primeros 13 años, cuando un niño está aprendiendo el lenguaje.
El aislante completo consolida lo ganado, pero hace que obtener algo nuevo, como un segundo idioma, sea más difícil. Así sucede con la mielinización de la zona frontal del cerebro durante el periodo del final de la adolescencia y el principio de los veinte.
Este retraso en la finalización del proceso -que frena nuestra preparación? aumenta la flexibilidad mientras confrontamos y entramos en el mundo donde viviremos como adultos.
Esta larga y lenta ola de desarrollo, que va desde atrás del cerebro hacia adelante y que termina hasta mediados de los veinte, parece ser una adaptación exclusivamente humana. Y puede ser una de las más trascendentales.
Quizá parezca algo extraño que nosotros los humanos no maduremos más pronto, pero si nos volviéramos listos antes, acabaríamos más tontos.
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