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Catemaco místico

La medicina tradicional en Catemaco constituye una alternativa asequible a los costosos servicios hospitalarios.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-04-11     AUTOR: David Biller

Jorge Romero y su hermano solían adentrarse en la por entonces densa selva de la Sierra de los Tuxtlas para cazar tepezcuintle, temazate y otras carnes silvestres. Hace 20 años se encontraron por primera vez con un jaguar. Su hermano disparó su carabina .22. La bala rozó un ojo del animal y este se esfumó. Lo rastrearon hasta el fondo de una cueva. Rugía de ira mientras avanzaba para emprender su venganza. Los hermanos abrieron fuego. Después vendieron su piel en unos cuantos pesos: apenas "para el refresco", me dijo Romero mientras avanzábamos por un sendero en la ahora sierra pelona.

Hoy día no hay registro de jaguares en los Tuxtlas y no lo ha habido desde hace siete años según datos de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas de México (CONANP). Los brujos y curanderos, en cambio, se reproducen de manera exponencial en una región ya conocida como centro nacional e internacional de magia negra, blanca y de todo color, cuya "capital cultural" es la ciudad de Catemaco, situada en la ribera del lago homónimo, en el estado de Veracruz.

La deforestación de la zona ha contribuido bastante a tal estado místico de cosas: en las faldas del volcán Santa Marta, donde vive Romero, la vegetación se redujo tres cuartas partes entre 1967 y 1990 conforme la selva se fue transformando en pastizales para ganadería. Hacia finales de la década de los noventa la selva se había reducido a la mitad de su tamaño original y, para muchos, la brujería se convertía en otra forma relativamente honesta de ganarse la vida.

A las siete cumbres volcánicas de la Sierra de los Tuxtlas iban los olmecas a buscar las rocas gigantes donde esculpieron tanto las colosales cabezas como las estatuas del dios Jaguar, protector divino que gobernaba las montañas. Los españoles introdujeron el ganado y el cultivo de caña de azúcar mediante el trabajo de esclavos africanos. Chocaron así las concepciones católicas del demonio, magia negra y rituales prehispánicos. Por entonces era natural recurrir a tales remedios mágicos: no se conocían curas para las enfermedades europeas que diezmaban a la población indígena.

Como todos los años, el primer viernes de marzo María del Carmen Ixtepan visita a su sobrino, un curandero. Es el día de mayor poder para los brujos tuxtlas y está relacionado con la llegada de la primavera, época en que la naturaleza está "cargada de energía". María acude en busca de una contra: un brebaje de jerez, pericón y tres pizcas de corteza de árbol finamente molida por siete vírgenes quinceañeras. "¿Ahora qué tigre va a haber si ya entran los carros? Le digo a usted que eso ya se perdió. Los changos, todo eso, ya no hay", dice el curandero.

Él me explica que hace 30 años Catemaco todavía era un pueblo tranquilo donde se podía "respirar un aire puro que te daba vida".

Pero la historia moderna de Catemaco se divide en antes y después del ascenso a la fama del brujo Gonzalo Aguirre. Más que la evolución de la explotación agrícola, que la colonización o cualquier otro factor, fue Gonzalo quien popularizó Catemaco.

Gonzalo, hombre de mil y una habilidades, quedó fascinado por el brujo mayor de Catemaco y pasó varios años a su lado como aprendiz. Cuando el maestro falleció, las filas se fueron formando frente al consultorio de Gonzalo, conocido como "El Brinco de León". Rodeados de paredes decoradas con animales embalsamados, los pacientes se entregaban a la mirada intensa de sus ojos castaños que, según me dijeron varios clientes suyos, tenían el poder de imponer.

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