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Anguilas, viajeras misteriosas
Las anguilas pasan décadas en ríos y lagos,después cruzan océanos y desovan en secreto.
En clase de biología nos decían que las anguilas que atrapábamos en arroyos o estanques habían salido de huevos suspendidos en el océano, específicamente del Mar de los Sargazos, la parte suroeste de la corriente que fluye en el sentido de las manecillas del reloj en el norte del Atlántico: una idea que requería más fe que imaginación. Sabemos que las anguilas de agua dulce se reproducen en el océano porque se han encontrado angulas flotando en la superficie a miles de kilómetros de las costas. Se creía que las angulas o larvas de anguila, criaturas pequeñas y transparentes, con la cabeza delgada, cuerpo en forma de hoja de sauce y dientes salidos y puntiagudos, eran una especie de pez diferente hasta que en 1896, mientras dos biólogos italianos observaban una en un tanque, esta se transformó en anguila.
Las anguilas son implacables en su esfuerzo por regresar a su útero oceánico. Lo digo por experiencia, pues traté de tenerlas en un acuario casero. A la mañana siguiente de la primera noche encontré anguilas deslizándose por el piso de la cocina y de la sala. Después de colocar una malla metálica sobre el tanque, sujetada con piedras, pude contenerlas, pero en poco tiempo se estaban frotando contra la malla hasta arrancarse la piel. Después, una murió al tratar de escapar por el desagüe del filtro. Cuando le puse una malla al filtro, las anguilas golpeaban sus cabezas contra el vidrio hasta que parecían convulsionarse y morían. Dejé de tener anguilas.
Su habilidad para moverse es sorprendente. Aparecen en lagos y estanques que no tienen una conexión visible con el mar. Se sabe que en noches húmedas cruzan tramos de tierra por miles desde un estanque hasta un río, utilizando sus cuerpos húmedos como puente. Se ha visto a anguilas jóvenes trepando por paredes verticales cubiertas de musgo. En Nueva Zelanda es común que los gatos lleven a las entradas de las granjas anguilas que atraparon en prados.
"¿Cuántos animales hay que vivan en hábitats tan diversos?, se preguntaba David Doubilet mientras fotografiaba anguilas en Nueva Zelanda, hundido hasta las rodillas en un arroyo, con berros colgando de su visor y su esnórquel. He aquí un pez que nace en lo más profundo y oscuro del océano y aparece aquí en el prado de una granja, entre vacas".
Las anguilas son de los pocos peces que salen del agua para recibir la comida que se les ofrece en las riberas, ya sea verdel enlatado o comida de perro. Las he visto hacer esto en lugares sagrados donde los maoríes las alimentan en Nueva Zelanda. En circunstancias normales, la dieta de la anguila es muy variada: todo, desde insectos acuáticos hasta mejillones y otras anguilas.
Dejando a un lado la adaptabilidad, la migración que hacen millones de anguilas adultas desde los ríos hasta el océano, que se extiende por miles de kilómetros, debe estar entre los viajes más sobresalientes de cualquier criatura en el planeta. En el camino se encuentran con una larga lista de peligros: presas hidroeléctricas, desviaciones de ríos, contaminación, enfermedad, depredación y, cada vez más, la pesca. Ahora, con el cambio climático, otro desastre potencial se vislumbra: cambios en las corrientes oceánicas que podrían confundir a las anguilas en su migración. Lamentablemente, aunque la anguila sea sublime para algunos, está lejos de ser objeto de un movimiento conservacionista en el corto plazo.
Desde aristóteles hasta plinio el Viejo, Izaak Walton o Carlos Lineo, los naturalistas han propuesto varias teorías sobre la reproducción de las anguilas: las crías surgen del lodo, se multiplican al frotarse contra las rocas, nacen de un rocío particular que se da en mayo y junio, son vivíparas. El problema era que nadie había podido identificar los espermatozoides o los óvulos en las anguilas. Nadie pudo decir con seguridad si las anguilas tenían sexo, porque nadie pudo identificar sus órganos reproductivos (resulta que los órganos sexuales de las anguilas se agrandan con los óvulos y espermatozoides únicamente después de que las anguilas adultas abandonan las bocas de los ríos para buscar sus sitios de desove oceánicos y desaparecen de la vista).
A finales del siglo xix, en Trieste, Italia, a un estudiante de medicina llamado Sigmund Freud se le asignó encontrar los testículos de una anguila macho. Freud determinó que se trataban de aros de materia blanca que cubrían la cavidad corporal (el artículo sobre las anguilas fue el primer trabajo publicado de Freud). Esto se confirmó en 1897, cuando se atrapó una anguila macho sexualmente madura en el estrecho de Mesina.
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