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Indonesia: Hacer frente a los fanáticos

Abu Bakar Baasyir vive en una modesta casa de una planta en los terrenos del internado que ayudó a fundar en el tranquilo poblado de Ngruki, en medio del altiplano central de la isla principal de Indonesia, Java. Baasyir tiene 71 años, es delgado como un tallo, lleva barba de candado y tiene ojos oscuros vivarachos ampliados por gafas con montura de oro. Es el presunto dirigente espiritual del grupo militante islámico Jemaah Islamiyah, al que se ha relacionado con por lo menos media docena de atentados con bombas en Indonesia durante la última década, incluidas las devastadoras explosiones en clubes nocturnos de Bali en 2002 y, quizá, los atentados suicidas registrados en hoteles de lujo de Yakarta el verano pasado.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-02-10     AUTOR: Michael Finkel

Atiende la puerta él mismo. No lo asisten guardias armados, no hace ningún intento por ocultarse.
Abu Bakar Baasyir vive en una modesta casa de una planta en los terrenos del internado que ayudó a fundar en el tranquilo poblado de Ngruki, en medio del altiplano central de la isla principal de Indonesia, Java. Baasyir tiene 71 años, es delgado como un tallo, lleva barba de candado y tiene ojos oscuros vivarachos ampliados por gafas con montura de oro.

Es el presunto dirigente espiritual del grupo militante islámico Jemaah Islamiyah, al que se ha relacionado con por lo menos media docena de atentados con bombas en Indonesia durante la última década, incluidas las devastadoras explosiones en clubes nocturnos de Bali en 2002 y, quizá, los atentados suicidas registrados en hoteles de lujo de Yakarta el verano pasado.

Baasyir niega su participación en la violencia y, cual exitoso capo de la mafia, ha evitado que se demuestre alguna conexión suya con cualquier ataque. Cumplió dos condenas en prisión (en total menos de cuatro años) por cargos menores que no se relacionaban directamente con los atentados.

Sin embargo, el internado islámico que fundó fue a todas luces el centro de una red de "yihadistas" que intentaban crear un Estado islámico en Asia sudoriental; muchos de los egresados de Ngruki han sido declarados culpables de participar en los principales atentados con bombas.

Quedan pocas dudas en cuanto a que las enseñanzas de Baasyir sirvieron de inspiración a cientos, quizá miles, de asesinatos, así como a ataques en contra de grupos musulmanes "desviados" y no están en la corriente dominante del islam. Con todo, él mismo abre la puerta principal de su casa. "Adelante -dice en bahasa indonesia, idioma oficial del país-. Tomen un vaso de jugo".

Lleva puesta una camisa larga y holgada, gorro blanco y un gran reloj de pulsera. En su sala no hay sillas ni cuadros, sólo los blanquísimos muros, una maceta con una planta, una mesa baja que soporta un recipiente de plástico con galletas de sésamo. Se sienta en el piso, descalzo, sobre un tapete color verde pasto.

Su hijo adulto, Abdul Rahim, sirve jugo de melón en vasos altos y transparentes. "No hay violencia en el islam -afirma Baasyir, con su voz grave y áspera, moviendo la mano izquierda como un director de orquesta-. Pero si los enemigos ponen obstáculos, entonces tenemos derecho a emplear la violencia en respuesta. Eso es lo que llamamos -yihad-. No hay vida más noble que morir como mártir de la yihad".

Alaba el 11 de septiembre y los atentados con bombas en Bali. No fueron, insiste, actos de terrorismo, sino sencillamente "reacciones a lo que han hecho los enemigos del islam". Indonesia se esconde en un apartado rincón del mapa mundial, una pluralidad de islas justo al norte de Australia, pero donde la violencia puede tener repercusiones globales.

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