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La curiosa evolución de las plumas
Abu Bakar Baasyir vive en una modesta casa de una planta en los terrenos del internado que ayudó a fundar en el tranquilo poblado de Ngruki, en medio del altiplano central de la isla principal de Indonesia, Java. Baasyir tiene 71 años, es delgado como un tallo, lleva barba de candado y tiene ojos oscuros vivarachos ampliados por gafas con montura de oro. Es el presunto dirigente espiritual del grupo militante islámico Jemaah Islamiyah, al que se ha relacionado con por lo menos media docena de atentados con bombas en Indonesia durante la última década, incluidas las devastadoras explosiones en clubes nocturnos de Bali en 2002 y, quizá, los atentados suicidas registrados en hoteles de lujo de Yakarta el verano pasado.
Es el país musulmán más poblado del mundo, hogar de 207 millones de seguidores de esta religión (36 millones más que el segundo país musulmán más grande, Pakistán, y dos tercios de todos los países del Medio Oriente combinados). Es extremadamente devoto; una encuesta reciente de Pew Global Attitudes halló que Indonesia era uno de los países más religiosos del mundo.
Es también una democracia floreciente, la tercera mayor del mundo después de India y Estados Unidos. Sin embargo, es una democracia nueva, que apenas está aprendiendo a caminar (ha transcurrido poco menos de un decenio desde que el virtual dictador del país, Suharto, fue depuesto).
El final de su gobierno dotó a los indonesios de una nueva libertad de expresión, aunque también incitó a personas de ideas radicales, como Baasyir, quien había afinado sus perspectivas extremistas durante un prolongado exilio en Malasia, adonde huyó después de su arresto por oponerse a Suharto.
Un año después de los atentados con bombas en Bali, en 2002, ocurrió el primero al Hotel J.W. Marriott en Yakarta; luego, en 2004, un atentado en contra de la embajada de Australia, también en Yakarta, y en 2005 un triple ataque suicida, de nuevo en Bali.
Además, hace apenas unos meses, después de una prolongada interrupción durante la cual muchos expertos creían que la amenaza de terrorismo había disminuido, sucedieron los atentados con bombas en el Hotel Ritz-Carlton y, de nuevo, en el J.W. Marriott. Estos son acontecimientos dispersos en un país vasto, pero a decir de un refrán indonesio, "sólo hace falta un poquito de veneno para echar a perder toda la leche".
En efecto, las 17,500 islas de Indonesia podrían parecer, por momentos, muchas canicas sobre una mesa inestable. Una sutil inclinación y todas rodarían en una dirección. Apenas en 2005, Indonesia parecía inclinarse hacia el radicalismo islámico, alimentando los temores occidentales de que se convertía en refugio de terroristas.
Durante varias décadas, la sociedad indonesia se había vuelto abiertamente más islámica: subió la asistencia a las mezquitas y la vestimenta musulmana se volvió popular. En fechas más recientes, un número creciente de gobiernos distritales comenzó a promulgar normas inspiradas en la sharia, o ley islámica, e iba en ascenso el apoyo a los partidos políticos islámicos.
Cada vez en mayor medida, los grupos islámicos militantes que abogaban por una lucha violenta para que Indonesia volviera a ser una república islámica parecían ahogar las voces de la mayoría de los musulmanes indonesios, quienes piensan que su fe puede coexistir sin complicaciones con la modernidad y los valores democráticos.
En los últimos años, no obstante, aunque los indonesios siguen adoptando el islam con gran fervor en su vida privada, se ha evidenciado que la mayoría no quiere que se imponga la religión en la esfera política. "Muchísimas personas equiparan la devoción musulmana con la radicalización -menciona Sidney Jones, especialista en Indonesia de la organización sin fines de lucro International Crisis Group, quien ha vivido más de 30 años en el país-. En Indonesia hay muchos ejemplos de por qué la noción es errónea".
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