http://ngenespanol.com/
Little Portugal
A menos de 10 kilómetros al oeste de la Estatua de la Libertad, mientras el águila calva vuela, los hombres en Andros Diner comparten sus historias de inmigrantes.
Fotografía: Christopher Auger-Dominguez
George Frangias, el propietario, llegó de Grecia en 1968, un año después de que disturbios raciales arrasaran la ciudad de Newark, Nueva Jersey. Empezó como lavaplatos en la cafetería que compraría al cabo de siete duros años. A menudo duplicaba su ingreso los fines de semana vendiendo pretzels del otro lado del río Hudson, en Manhattan.
Hoy sus clientes comen eglefino -es viernes de Cuaresma- y los alimentos llegan con un saludo en inglés, español, portugués o griego, dependiendo del mesero que atienda. El restaurante estilo europeo está ubicado en el cruce Five Corners en Ferry Street, la calle principal de Ironbound. Este barrio multiétnico de Newark ha sido desde hace mucho un potaje global, un batido de vida inmigrante especiado consistentemente con generaciones sucesivas de recién llegados.
Los 10 kilómetros cuadrados del Ironbound -llamado así porque al principio estaba delimitado por vías férreas- aún funcionan como plataforma de aterrizaje para las masas agotadas, empobrecidas y apiñadas a las que la Señorita Libertad les dio la bienvenida. Como empleado, Frangias comprende la situación apremiante de las últimas oleadas de trabajadores inmigrantes, en su mayoría latinos, llegadas a Ironbound. Pero niega con la cabeza frente a la hipocresía inherente de una economía que marcha gracias al sudor de los llamados "alienígenas ilegales".
"Si los dueños de las empresas tuvieran que pagarles a estas personas los mismos salarios y beneficios que demandan los estadounidenses -pregunta-, ¿pagarías 39.95 dólares por el sándwich de pescado que te estás comiendo?". John J. Pérez, abogado local de inmigración, está de acuerdo, y advierte que no debe etiquetarse a sus clientes. "La manera en que llamas a estos "trabajadores indocumentados" define el debate -observa-. Si llamas "ilegal" o "alienígena" a los ciudadanos extranjeros, formulas un juicio de antemano. Recuerda que Estados Unidos se construyó en gran medida por quienes llegaron de tierras extranjeras".
Pérez ejerce en una firma familiar con su hermano Bryan y el padre de ambos, John D. Pérez, cuyo propio padre llegó durante la depresión tras dejar la España franquista. A los hombres los alcanza Manny Guerra, dueño con su hermano Jack de una tienda de muebles al otro lado de la calle. Llegó en 1967, cuando tenía cuatro años, de Murtosa, en la cresta de la ola migratoria portuguesa que comenzó hacia 1910. Como miles de connacionales, su familia buscaba una vida mejor que la que ofrecía la dictadura de Salazar.
Estados Unidos ha sido bueno con Guerra, quien se casó con una mujer portuguesa y está orgulloso de que sus hijos hablen la lengua de su tierra natal. A menudo llaman a Ironbound "Little Portugal". Una caminata por Ferry Street te lleva frente al Luso-Americano, el diario en portugués más antiguo en Estados Unidos, y un par de escuelas de inglés. El olor a pan recién horneado te tienta hacia el café Teixeira, donde los lugareños charlan y leen el periódico.
El rescate económico de Portugal genera encabezados en Europa. En Estados Unidos la noticia del día es el fallo contra la ley de Arizona, la cual, a decir de los críticos, busca legitimar que la policía haga presunciones a partir de la etnicidad. Mientras disfrutas un galao (café lechoso) y pastel de nata, un rap latino gruñe desde una estación de radio local dirigida a una población creciente de centroamericanos. Pero si escuchas con cuidado, la charla del café aún se arremolina con las vocales sensuales y resbaladizas del portugués.
Al igual que Manny Guerra, muchos inmigrantes ibéricos establecieron negocios exitosos en este barrio de Newark y se mudaron a los suburbios. Sin embargo vuelven a diario, atraídos por trabajo, amistad y un sentimiento intenso de comunidad, a este "Little Portugal" que han creado aquí en Ironbound. "Estados Unidos es la tierra de la reinvención -explica Guerra-. En Europa, si se construye una iglesia o un estadio, permanece por siglos y la comunidad gira a su alrededor. En Estados Unidos la gente sigue adelante. Si la iglesia o el estadio no se necesitan más, se utilizan para otra cosa o se derrumban y vuelven a construir".
La mayoría de los estadounidenses conoce San Esteban, la iglesia más famosa de Ironbound, como la locación en la que aterrizaron los extraterrestres y donde comienza la versión de Hollywood de La guerra de los mundos. En realidad, el ministerio luterano del pastor Moacir Weicich y la pastora Maristela Freiberg extiende una bienvenida espiritual y práctica a los recién llegados a Newark. Si entras en su vestíbulo a nivel de calle durante cualquier noche de la semana, encontrarás una clase de capoeira para niños, una reunión de grupo de AA, clases de inglés para obreros diurnos o una consulta de New Labor, grupo de derechos para inmigrantes.
Un lunes por la noche, el profesor Macaco (Saman Dashti) enseña a sus capoeiristas la ginga, balanceo que lo mantiene a uno en estado de apertura constante frente a lo inesperado. "La capoeira refleja la incertidumbre de la vida que los esclavos africanos vivieron en el nuevo mundo. Se mantuvieron fieles a sus tradiciones formando un círculo con su gente y manteniendo siempre un pie dentro de él. Esto les dio esperanza y energía". La pareja de pastores llegó a Ironbound en 1997 de São Leopoldo en su Brasil natal.
Vinieron para servir en el Centro Informativo Luterano, escaparate de un ministerio en un centro comercial, y pronto se inmiscuyeron en las luchas diarias de Ironbound. "Comenzar de esa manera definió nuestro ministerio -afirma el pastor Moacir-. Pronto comprendimos la dureza de las vidas en el exilio". Cuenta de una pareja brasileña que dejó a sus tres hijos pequeños con los abuelos para buscar empleo en la construcción y labores domésticas. Al pastor se le hace un nudo en la garganta al recordar el día en que llevó a la pareja al aeropuerto para recoger a unos niños a los que apenas podían reconocer después de varios años separados. "Es un mundo roto", asevera.
La pastora Maristela recuerda la asimilación del ministerio a esta ONU local: "Nos dimos cuenta de que la iglesia podía ayudar a dirigir las necesidades de la gente. Abrimos nuestras puertas para que la gente pudiera movilizarse, sin importar el reto: un año fue una campaña contra el cierre del hospital St. James; a menudo es la contaminación, como el año pasado cuando se inundó la escuela Wilson, lo que devino en aire tóxico;
hemos organizado ferias de salud para quienes no están asegurados y hemos ofrecido clínicas de análisis de VIH y mamografías en la iglesia".
"La experiencia de los inmigrantes es reinventarse -añade el pastor Moacir-. Nuestra iglesia debe hacer lugar a todos para su reinvención. Este es un sitio transitorio y, como los demás, solo estamos de paso. Es importante que San Esteban pertenezca a la gente, que dejemos un legado perdurable. La semana pasada niños del barrio vinieron a plantar un jardín y a pintar la barda de atrás. De esa manera han invertido en el cambio de su entorno. Volverán para regar las plantas".
En Ironbound, ese espacio verde es algo que se obtiene con esfuerzo. Terreno envenenado y aire contaminado son la herencia de décadas de curtidurías, fábricas y plantas químicas. Los scouts locales que construyeron las almácigas de madera para las plantas del jardín de la iglesia deben llenarlas con tierra libre de plomo proveniente de muy lejos. En los círculos legales y medioambientales el terreno debajo de Ironbound tiene mala fama. "El lugar contaminado con dioxina más grande del mundo está en las orillas del río Passaic -explica Mellon-.
-
Recibe nuestro newsletter
-
Noticias
Foto del Lector












