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Tonga, la última monarquía del Pacífico

Los guardias reales estaban un tanto desgarbados y llevaban salacots.

FECHA DE PUBLICACIÓN:2011-02-10     AUTOR: Cortesía

Mientras el rey duerme
Los guardias reales estaban un tanto desgarbados y llevaban salacots. Miraban sus pies, de manera que sus rostros desaparecían bajo las alas de sus cascos. Un guardia barría la grava de un lado a otro con la bota, como si alguna explicación pudiera esconderse debajo. Lo siento -dijo-. Puede tardar un rato. El Príncipe Heredero de Tonga había avisado temprano esa mañana que me concedería una audiencia.

Ahora el Sol se alzaba en lo alto; todos sudábamos en la entrada real, carraspeábamos y hacíamos crujir la grava bajo nuestros pies. La mansión del príncipe se levantaba sobre una alta colina que domina gran parte del reino. Es la última verdadera monarquía del Pacífico, y una de las últimas del mundo. Unas semanas antes durante el verano, el amado y vetusto rey había sido internado en un hospital de Nueva Zelanda.

Ahora su menospreciado hijo, el príncipe, se preparaba para ascender al trono. El príncipe Tupouto'a podría vivir en el palacio real junto al mar, pero prefiere su creciente reducto en la colina. Los tonganos le dicen "la villa". Es una construcción neoclásica, con columnas de mármol y una piscina donde a veces el príncipe se divierte con barcos de juguete.

Ese día en especial, los guardias lavaban los autos del príncipe heredero: un lujoso Jaguar, un vehículo deportivo campo traviesa y un taxi negro londinense. Su Alteza Real había visto el taxi en Inglaterra, me explicó un guardia, y decidió enviar uno a Tonga. Nadie parecía saber por qué, así que prometí preguntar al príncipe. Desde la villa descendía una gran avenida blanca, la cual pasaba junto a una fuente y un puesto de guardias.

Ahí se unía al camino hacia la capital de Tonga, una ciudad calurosa y polvorienta llamada Nuku'alofa, hogar de un tercio de los 100,000 habitantes del país. Al pie de la colina, en el camino a la ciudad, había una mujer sentada que hacía escobas de palma con la esperanza de intercambiarlas más tarde en esta economía basada principalmente en el trueque.

Más hacia la ciudad, en un pequeño puesto de comida amarillo, se leía: "Demócratas, no hipócritas". Aún más lejos, las tumbas reales se levantaban vastas y atemporales; ahí se preparaban los trabajadores para la inminente muerte del rey. En lontananza, más allá de la vista de la colina del príncipe, vivían ocupantes ilegales en el basurero de la isla, donde buscaban cualquier cosa que pudiera aprovecharse.

Entre los plebeyos tonganos se desarrolla un movimiento. Mientras occidente lucha por implantar la democracia en otros lugares del mundo, en Tonga esta brota del suelo. La distancia geográfica ya no implica aislamiento ideológico. Así, el país se encuentra ahora en un momento decisivo: atorado entre el pasado y el futuro, la monarquía y la democracia, el aislamiento y la globalización.

El guardia, apenado y con su salacot, se alejó trotando para regresar unos minutos después. Lo siento -dijo otra vez-. Su Alteza Real está dormido. Todos tienen miedo de despertarlo. La realeza tongana merece un tanto de miedo. Desde hace casi 900 años, el largo linaje real utilizó la guerra y la diplomacia para extender la influencia de Tonga sobre otros vecinos insulares más pacíficos, incluidos Samoa y tal vez Fiji.

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