http://ngenespanol.com/
Tonga, la última monarquía del Pacífico
Los guardias reales estaban un tanto desgarbados y llevaban salacots.
El tiempo no ha suavizado los ángulos de su rostro de halcón, o su retórica. Ya nadie se ríe de él; es uno de los pocos miembros del parlamento elegidos por el pueblo, y el que tiene más tiempo en servicio. Mientras los hombres y mujeres se reunían a su alrededor, él hablaba: "El año pasado me acusaron de sedición" -dijo al grupo-. La pena por expresarse, según dijo: "Es indicativa de la presión. Nos están presionando".
Pohiva creció en una pequeña isla del Grupo Ha'apai. Sus padres murieron cuando era niño, por lo que sus hermanos lo criaron. Nunca antes hubo escuela para niños en Ha?apai, por lo que el joven Pohiva fue uno de los 25 estudiantes fundadores de la primera escuela. Como fue buen alumno, asistió luego a la Universidad del Pacífico del Sur, en Fiji.
Me dijo que ahí había empezado a cuestionar a la familia real tongana y a aprender sobre la democracia. "En la universidad" -me dijo otro día-, tuve acceso a las alternativas: historia de otros países, democracia, comunismo, socialismo. Eso me ayudó mucho a incrementar mi conocimiento. Tras horas de discursos por parte de otros de los presentes, las ideas empañadas por la kava habían recobrado claridad.
Uno de los organizadores de la democracia colocó un documento sobre una mesa al frente de la sala. Era una petición para restar poder a la familia real otorgando al pueblo más escaños en el parlamento. Los organizadores no querían destruir a la familia real sino hacerla a un lado, de acuerdo con el modelo británico. Uno a uno se acercaron al escritorio, levantaron el bolígrafo y firmaron.
Y así, en ese ambiente extraño, saturado de kava y entre viejos cánticos, los tonganos moldeaban la democracia a su propia imagen. El príncipe heredero, tras varias semanas, me concedió la audiencia. El guardia, a la entrada de la propiedad, me indicó la ruta con la mano, y yo subí la colina hacia la villa.
Esperé en el jardín mientras Su Alteza Real terminaba una reunión con la embajadora de los Países Bajos; el rey de Tonga estaba enfermo en Nueva Zelanda y moriría en unas pocas semanas, por lo que el príncipe heredero servía como gobernante interino. Decenas de guardias esperaban bajo el Sol con una variedad de instrumentos de aliento. Cuando la embajadora salió, se pusieron en firmes y tocaron una marcha hasta que subió a su auto y este se alejó.
El secretario personal del príncipe heredero me llevó a la puerta principal de la villa. Ésta se abrió hacia una galería que separaba las dos alas de la casa. El día era caluroso, pero la villa se encontraba en la cima de una colina y soplaba una brisa fresca. El ruido de los zapatos del secretario reverberaba en los pisos y las columnas de mármol. Las paredes estaban desnudas en su mayoría, pero pintadas en estilo trampantojo para transmitir un efecto de profundidad.
El secretario me dejó solo en una sala que parecía pertenecer a tres o cuatro personas diferentes. La repisa de la chimenea estaba adornada con antiguos iconos religiosos, una colección de arte japonés llenaba una esquina, y en otras partes se exhibía arte abstracto. Había un piano en otro rincón; el príncipe toca jazz y alguna vez formó un grupo en Inglaterra.
Los tomacorrientes eran todos de tipo estadounidense, en lugar de los que se usan en Tonga, porque el príncipe prefiere los enseres hechos en Estados Unidos. Minutos después el príncipe entró a la sala. "Hola" -dijo-, con un acento británico tan espeso como el pudín de ciruela. Extendió la mano; su palma, de tan suave, se sentía húmeda. Se sentó en una otomana, desabotonándose el saco de un traje de lana de tres piezas.
Apareció una mujer que cruzó la sala con lo que, a primera vista, parecía ser una bandeja de plata vacía; no obstante, cuando se inclinó hacia el príncipe, él tomó un cigarrillo. Conversamos un rato sobre su preparación y sus estudios en Inglaterra. Le pregunté sobre el taxi importado de Londres, y su deseo por él. "Utilidad práctica, realmente -contestó-. Es más fácil subir y bajar de un taxi londinense cuando se carga una espada".
-
Recibe nuestro newsletter
-
Noticias
Foto del Lector











